JOSÉ MARÍA GUELBENZU

  
Un envase moral

El otro día, al atravesar uno de los pasadizos subterráneos que hay en Madrid, me crucé con dos jóvenes normales y corrientes, uno de los cuales arrojó al suelo, allí mismo, el envase vacío de un zumo de frutas. Cinco metros más allá había una papelera, al final de la rampa, pero él lo tiró al suelo. Y a partir de esta anécdota mínima me puse a pensar en la educación de las personas, no como un adulto irritado, sino con curiosidad, estimulado por esa exhibición de pobreza de carácter que acababa de presenciar.

La educación cívica es algo que en España ha brillado por su ausencia. No me refiero al obligado buen comportamiento de los tiempos inmediatos del franquismo, ni a los anteriores, pues se trataba de normas impuestas bajo la atenta mirada vigilante de la Santa Madre Iglesia encarnada en la nación misma; aquello era buen comportamiento bajo mano de hierro. Y lo cierto es que en España hemos recorrido un amplio espectro que va del porcojonismo al libertarismo sin perdonar ocasión de fastidiar al prójimo, que es lo que gusta de verdad en un país católico e hipócrita.

Pero, hoy por hoy, todo el mundo es demócrata y, naturalmente, dispuesto a ser más demócrata que nadie. 'Aquí no nos gana nadie ni a inquisidores ni a demócratas', parece decir la siempre castiza mayoría natural del país, bien adoctrinada de antiguo. Además, es un país rico -al menos en comparación con tiempos recientes: cuando yo era niño me tomaba sin rechistar una cucharada de aceite de hígado de bacalao a cambio de... una aceituna con hueso-. Un país rico que tiene a todo el mundo ocupado en hacerse con su piso, su coche, su segunda vivienda, su colegio bilingüe para el niño y su viaje a Vietnam o a Barbados. Lo cual estaría muy bien... si les dejase tiempo para alguna otra cosa. Pensar, por ejemplo. O educar, que está muy relacionado con lo anterior.

Lo que no se posee no se puede transferir. No hay tradición de educación civil en España como no la hay de democracia. No hay que avergonzarse de ello o, en todo caso, que se avergüencen nuestros antepasados; pero eso no exime de asumir la democracia en toda su dimensión, y la desconsoladora sensación imperante es que, como en todo país donde lo que se aprecia y utiliza es la listeza y no la inteligencia, los derechos se ponen por delante de los deberes. La democracia es un espacio cívico y un compromiso cívico, pactados para establecer un marco y unas reglas de convivencia que respeten las libertades y recojan las diferencias. ¿Qué va a transmitir una sociedad que no ha asumido los riesgos de la democracia, sino que ha tenido que cambiar de aspecto a toda prisa? La democracia es una planta que arraiga despacio, y la verdad es que se necesita una buena dosis de autodisciplina para asumirla; sólo así se puede enseñar del mejor modo: con el ejemplo. Pero no están los tiempos para eso, sino para coger el dinero y correr a invertirlo. Una sociedad cívica debe admitir en su seno el reparto de responsabilidades de todos los que la componen; mi sensación es que se huye del reparto con la vaga idea de que alguien se ocupa, de que para eso se pagan impuestos, colegios, etcétera.

No creo que mi educación fuera mejor que la actual. Si yo me considero educado, creo que lo soy porque he llegado a esa convicción después de soportar la experiencia de una sociedad totalitaria. Pero me temo que hemos pasado de la acumulación de responsabilidades en mano de hierro a la dejación de las mismas en no se sabe qué clase de mano democráticamente infusa. Yo veo a mucha gente joven desenvolverse por la calle y no me parece que sean más inciviles que sus padres: cambian las formas, pero no el espíritu. Lo que sí estamos conociendo es una nueva fase: la del espíritu nacional -retrocatólico, hipócrita e indisciplinado- en tiempos de dinero abundante. Eso sí que es nuevo. Como lo es el vacío envase de una sociedad tan ocupada en emerger que se desentiende de su propio contenido moral.