El País, Jueves 13 abril 2000 - Nº 1441
Adulterios en la red

VICENTE VERDÚ

Siempre hubo sexo, pero el sexo virtual es otra cosa. Ocurre en el ciberespacio, se apoya sólo en palabras y excluye la sabrosa golosina del tacto. Dentro de un juego de MUD o en una room privada, los participantes establecen una conexión sexual mediante afirmaciones verbales, descripciones de acciones, alusión a efectos emocionales recibidos. Todo por escrito, en silencio, en medio de la intangibilidad. Con ello se desencadenan pasiones o adicciones muy fuertes, al punto de que para muchos usuarios de Internet esta experiencia es el principal atractivo de su pantalla.

En la aventura, los hombres pueden presentarse como hombres y las mujeres como mujeres. Pero otros desarrollan el sexo como cabales personajes del sexo opuesto. Hombres que interpretan personajes femeninos para tener netsex (sexo en la red) con hombres, y hombres que adoptan personajes femeninos para tenerlo con mujeres, en lo que se llama el síndrome de la falsa lesbiana. También, aunque no esté tan extendido, se da el supuesto de mujeres que asumen roles masculinos para practicar netsex con hombres. Tras estas elecciones, algunos de los participantes disfrutan del sexo con una sola persona y otros se deciden por las peripecias más enrevesadas del grupo. En general, no obstante, las aventuras virtuales, por complicadas que parezcan, suelen ser más fáciles de vivir que las reales, aunque también, como describe Sherry Turkle en su magnífico libro La vida en la pantalla, pueden conducir a complicaciones domésticas significativas.

Un caso es el que sucedió en un matrimonio en el que el marido, de 41 años, echaba de menos no haber tenido experiencia sexual antes de la boda. Entonces ensayó una aventura y el adulterio provocó un gran disgusto de la esposa, quien, sin embargo, aceptó al fin que el marido atendiera su necesidad de sexo en la pantalla. Pero ¿no era esto un adulterio más? Él se decía que era monógamo y que las prácticas en la red servían sólo para llenar los vacíos de su juventud. Pero ¿qué decía ella? Ella consentía y le daba permiso, hasta que un día descubrió que él no sólo había gozado ya de dos o tres mujeres electrónicas sino que estaba adoptando papeles de mujer para relacionarse con hombres. Contra lo que pudiera esperarse, el travestismo no es demasiado raro en la red. Otro caso que relata Turkle es el de un hombre de 36 años que debía soportar los juegos sexuales de su novia con otras mujeres, presentándose ella como un hombre. Lo más duro para él no era la infidelidad misma, sino que ella se hubiera revelado lesbiana. Aunque, por otra parte, agregaba, "si ella no es lesbiana en la vida real, ¿cómo romper una larga relación por algo que sólo consistía en un canje de palabras?".

El ciberespacio crea tesituras para las que no hay comportamientos seriados, o suscita cuestiones que repercuten en confusiones muy surtidas. Así, un tercer caso, nada excepcional, es el que se plantea cuando alguien de la pareja cultiva una vida sexual con alguien que, probablemente, no se sabrá nunca quién es (¿jovencita?, ¿chulo?, ¿loco?, ¿monja?). La idea de la infidelidad sobrevuela la relación y los celos crecen, pero la cuestión no se tramita aún con claridad. Teniendo que afrontar infidelidades y celos, ¿no será preferible que se limiten a lo virtual? Descontando que todos somos dueños de fantasías eróticas, ¿no convendrá más atenderlas con auxilio tecnológico, igual que otra potencial disfunción se trata con psicofármacos? La red es un acceso franco a la pornografía, al bestialismo, a la pederastia, etcétera. Pero ¿no será en suma este recurso electrónico la solución para sanear la vida real de algunas concretas perturbaciones? Hasta el momento Internet ha sido tratado como un instrumento, pero poco a poco se va alzando con la categoría de una nueva existencia que interacciona con la tradicional. Sexo real o irreal hubo siempre, pero el virtual es otra cosa; afecta al antiguo tabú y a la virtud, a lo masculino y lo femenino, a las normas y a los pecados, al placer, al futuro mismo del deseo.