El País, Domingo 7 mayo 2000 - Nº 1465
Nuevas reglas en las jóvenes parejas

El problema de los veinteañeros que conviven no es mantener la independencia, sino encontrar algo que hacer juntos

PALOMA REDONDO, París
"La vida de pareja es como un baile. A veces nos apetece acercarnos al ser amado, mientras que otras necesitamos distanciarnos y recuperar nuestra autonomía", indica François Singly, profesor de Ciencias Sociales en la Universidad de la Sorbona, en París, especialista en temas familiares, que acaba de publicar Libres ensemble (Libres juntos), un estudio sobre el individualismo en las relaciones de pareja basado en los resultados de una encuesta entre jóvenes de edades comprendidas entre 20 y 30 años.

"Los años setenta se caracterizaron por la necesidad de separar la identidad personal de la identidad social", indica Sigly. Hoy en día, tras la desaparición de los modelos tradicionales, los hombres y las mujeres se encuentran divididos entre dos tendencias aparentemente opuestas: ser libres viviendo juntos. Cuando forman una pareja, desean estar solos, escaparse de alguna manera para poder recuperar su independencia.

Ahí radica la paradoja: la mayoría de los jóvenes franceses consideran que vivir bajo el mismo techo es la consecuencia lógica de una relación amorosa y suelen iniciar la convivencia muy pronto, a los 21 o 22 años, al igual que en otros países del norte de Europa. Las parejas con doble vivienda siguen siendo marginales.

Singly llevó a cabo una encuesta en Francia entre 50 parejas jóvenes de clase media, sin hijos. "Me puse dos condiciones: que llevaran poco tiempo viviendo juntos y que compartieran un piso pequeño. La idea era estudiar cómo se organiza la existencia en una vivienda reducida, es decir, lo que podemos considerar como las peores condiciones para iniciar una convivencia. Además, quería contrastar la idea que se tiene normalmente de que durante los primeros años la vida común se establece en términos de fusión y que las dificultades van surgiendo a medida que pasa el tiempo. Y en realidad me di cuenta de que mucho antes de que se instalara la rutina ya había una serie de tensiones y conflictos graves".

El trabajo consistía en ir apuntando en un cuaderno todo lo que hacían durante un fin de semana, a qué hora se levantaban, qué tomaban para desayunar, quién preparaba la comida a mediodía, qué música escuchaban, de qué hablaban, cómo repartían las tareas domésticas. Uno de los resultados más sorprendentes fue que muchas de estas parejas no hacían nada juntos. "¿Qué actividades? Ése es uno de nuestros problemas más graves porque no tenemos. Andamos buscando...", indicaba Olivier, estudiante de 22 años, que vive con Séverine, de la misma edad, también estudiante. Ambos están de acuerdo en que cuando no vivían bajo el mismo techo hacían muchas más cosas juntos.

A partir del momento en que empieza la convivencia, las actividades comunes disminuyen. "Comer y ver la televisión es lo único que se comparte de verdad", indica Singly. "Yo creía que en esta encuesta las parejas encontrarían una mayor dificultad en ser independientes que en estar juntos, y en realidad es lo contrario. Ahí está la dificultad. En general aceptan muy bien que el otro haga lo que quiera, la negociación está muy bien conseguida, pero el efecto que produce es que el hacer juntos sea mucho más difícil porque prácticamente no existe".

Los fines de semana de estos jóvenes se articulan como una sucesión de ocupaciones individuales -leer, escuchar música, hablar por teléfono, escribir cartas- que realizan en un espacio limitado en donde es necesario sentir la presencia del otro para no creerse abandonado. "Vivir juntos obliga a cada uno de buscar un triple equilibrio: entre el ser individual y el colectivo, entre los dos seres individuales que forman una pareja y entre el individuo solo y el individuo con otra persona, en cada uno de los dos miembros", dice Singly.

Lo que sucede entonces es casi una "doble vida" en un mismo espacio, según los miembros de la pareja estén solos o separados se comportan de manera distinta. Cuando el otro no está se vuelve inmediatamente a las aficiones y a una personalidad individual e independiente. Paradójicamente, según Singly, la tendencia moderna del individualismo no tiene por qué acentuar las actitudes egoístas, sino que puede ayudar a limarlas. "Al cabo de cierto tiempo y a fuerza de desdoblarse constantemente el individuo se vuelve menos egocéntrico.

El problema surge cuando uno de los miembros necesita más libertad. Tal es el caso de Anne y Chistophe, 25 años, estudiantes de ciencias sociales y de cine, respectivamente. Cada uno de ellos se va de vacaciones por su cuenta porque Chistophe prefiere pasarlas con sus amigos. Anne lo acepta, pero lo pasa mal. "Es él quien lleva una vida independiente. Yo me voy a casa de mi abuela y me paso el día pegada al teléfono. Ésa es la verdad".

Otro de los resultados sorprendentes de la encuesta es la ausencia casi total de referencias a la vida sexual. "Ninguna pareja apuntó en el cuaderno 'hacer el amor", indica Singly. Según él, la explicación no está tanto en que no tengan relaciones sexuales ni manifestaciones de cariño, como en el pudor expresado por la mayoría de los encuestados. Una de las conclusiones que se pueden sacar, tomando como partida la falta de contacto sexual, pero también a partir de otros muchos indicios, es una decepción general. La sensación de que todo era mejor cuando todavía no vivían juntos: se veían menos, pero cuando estaban con la persona amada, estaban al cien por cien, cosa que ya no sucede al compartir el mismo techo. Hay una cierta amargura y una cierta nostalgia, que se manifiesta más en las mujeres, como si la vida común no fuera del todo lo que ellas esperaban.

Las mujeres son individualistas, pero más altruistas

P. R, París
En gran medida han sido las mujeres, y sobre todo la incorporación masiva de la mujer al trabajo, lo que ha permitido un cambio radical, más igualitario en las relaciones de pareja. "En la familia burguesa del XIX la relación de pareja no tenía nada que ver con los años", indica Singly. "Todo el siglo XX puede resumirse en la recuperación de las mujeres, que antes no tenían derecho a una vida exterior. "Pero no se han limitado a seguir los pasos de los hombres, y si por una parte han adoptado actitudes masculinas, por el otro han ido imponiendo un modelo de atención al otro, de la afectividad, algo que se da menos en los hombres, que no tienen esa capacidad relacional. Lo mismo sucede en las nuevas relaciones padre-hijo. Los hombres van con muchísimo retraso, siguiendo en cierta manera la línea femenina, maternal".

El gran cambio histórico radica en que la mujer puede reclamar abiertamente su autonomía. "Parece ser que los hombres han entendido que su autonomía tiene como contrapartida la autonomía de las mujeres. Antes ellas se apañaban para tener su vida más o menos independiente, pero no era explícito". Sin embargo, son las mujeres quienes se preocupan en mayor medida de que la convivencia y la relación de pareja funcionen. "Incluso en las generaciones más jóvenes, las mujeres se implican más en el espacio y en la vida colectiva. Esto no quiere decir que los hombres no hagan esfuerzos. Cada vez aceptan hacerse cargo del otro y de modificar poco a poco algunas de sus conductas. Pero la implicación en lo colectivo es menor: son menos sensibles al interés general de la comunidad y por ello parecen más egoístas o más irresponsables respecto a la vida de pareja", escribe Singly. En bastantes casos, para el hombre el simple hecho de estar en casa demuestra que se está junto a la otra persona, mientras que para las mujeres no es así. "El individualismo de las mujeres es más altruista".