El País, Viernes 12 mayo 2000 - Nº 1470
Las apariencias

DOMINGO GARCÍA-SABELL

Pensamos una cosa y decimos otra. Así, sin más, sin meditar las posibles consecuencias. De ahí que nos encontremos en el reinado de lo obvio.

Nuestros políticos, y muy en especial los que están en el candelero, los que definen y poseen soluciones para todos los posibles problemas, los descifradores de lo natural, de lo que está ahí como realidad inesquivable, como realidad que reclama soluciones y no análisis más o menos metafísicos, tienen esa propiedad. Pero lo que ellos entienden por cuestiones filosóficas está a muchas leguas del juego lucubrador, del pensamiento activo, de lo que más de una vez advirtió Heidegger, a saber, que las metafísicas pueden desaparecer, esfumarse, pero que lo que en ninguna sazón se borrará del espíritu de la criatura humana es ese afán por perforar en los misterios de la realidad. Misterios complejísimos y sumamente arduos de desentrañar. La función del pensamiento nunca termina y siempre está comenzando de nuevo.

Por eso son necesarios los filósofos. Cada fragmento de la verdad posee su propio territorio. Unos y otros descubren el solar inédito y a él aplican sus esfuerzos lucubradores. Yo desconfío por sistema de aquellos que repiten e insisten iterativamente en los propios hallazgos.

Son esos que muestran una tendencia obsesiva a decir siempre las mismas cosas con aire de descubrimientos transcendentes. Eso, y en particular en lo que caen los políticos, sobre todo los de vuelo gallináceo. Los que pretenden descubrir el Mediterráneo a cada paso. Los que abundan en este país de nuestros pecados. Las osadías, en política sobre todo, se pagan. Y con réditos cuantiosos. Por eso ya comenzamos a sentirnos un tanto cansados de la monótona cantinela. En consecuencia, nos replegamos sobre nosotros mismos. Y a la pregunta difusa sobre quiénes somos respondemos invariablemente con una duda. No sabemos quiénes somos ni adónde nos conducen nuestros pasos. Sólo sabemos que caminamos por la existencia por un carril que, propiamente hablando, no es el nuestro. Diversas circunstancias nos lo han impuesto. Quizá una de ellas, y no siempre la menor, sea la de que esa circunstancia se adapte de manera perfecta a lo que constituye nuestro propio ser.

Entonces no sintamos ningún temor. Sigamos nuestro camino. Aunque la intemperancia reiterativa del cuco nos advierta que ese camino es el equivocado. ¡Qué sabe el advertidor animal! Para avanzar es menester desligarse de todas, absolutamente todas, las precauciones. Y pisar firmemente en el suelo de la realidad.

Esa realidad que jamás engaña por atractivos que sean sus cantos de sirena. Esa realidad que un espíritu tan fuerte como Danton no dudó en calificar de "áspera". Esa realidad que está situada más allá de toda contradicción. Esa realidad para la que hoy por hoy el espíritu humano no dispone en sus entendederas de explicación condigna. Intento con esto decir que la intelección del enigma de la conducta humana sigue siendo un misterio, a pesar de los avances fabulosos de la Psicología contemporánea. Hay un núcleo de contradicción última en la conducta del ser humano que posee misteriosa sustancia. A ella no es capaz de llegar, ni por asomo, el afán disecador de la conducta de la persona.

Y ahí radica el cogollo, el núcleo mismo del problema. Analizamos, y entendemos muchos de los móviles de la conducta del ser humano. Pero, si somos sinceros con nosotros mismos, enseguida caeremos en la cuenta de que la esencia del problema se nos escapa.

¿Por qué, y en última razón, tal sujeto se degrada hasta caer en los abismos de lo inhumano? ¿Por qué tal otro se entrega a la máxima donación, a la heroica donación de la propia persona? Sí, ya sé que las explicaciones abundan, y yo mismo podría citar algunas. Pero eso no basta. ¿Por qué? Pues sencillamente porque esas aclaraciones son no más que rodeos, que excursiones a lo largo de una realidad impenetrable en sí misma. De una realidad misteriosa. Estamos alanceados por las incógnitas, y a ellas nos atenemos como si en realidad fuesen verdades inconcusas. Por eso a ellas dedicamos nuestra atención y, quizá, o sin quizá, nuestro fervor intelectual.

La realidad, o, si se quiere, la verdad, nos obliga a ser sinceros con nosotros mismos. Esa fidelidad a lo que no es auténtico posee una fuerza de arrastre emocional, y no digamos intelectual, que nos conduce, a lo mejor sin darnos cuenta de ello, sin percatarnos, a lo más excelso de nuestra persona. A aquello que resulta inevitable. De ahí la pura contradicción, la máxima aporía. El misterio, la incógnita en la que cada cual consiste.

La base de la realidad, el terreno nutricio, viene dado por la capacidad fecundante. Y una tierra sólo da cosechas si se la ampara con la esperanza de que aquel terreno en apariencia baldío resulte capaz de simiente. De entrega de sus inesperados frutos. He ahí la función sagrada de la esperanza. Esperamos, siempre esperamos. Y quizá en esa aparente y resignada expectativa radique lo más meritorio y lo más valioso del ser humano. ¿Por qué? Pues sencillamente porque en el aguardar radica un fenómeno esencialmente humano, radicalmente personal, a saber, el talante propio de cada cual. Aguardamos, esperamos lo mejor para nosotros mismos. Y en esa ilusión mantenemos el tipo.

Quiero decir con ello que en ese saber sostenerse cuando las ondas parecen ahogarnos radica la extrema elegancia que va desde la serenidad con la que afrontamos el peligro de la anihilación personal al buen arte de eludir el inminente riesgo.

Hay una seguridad que no depende de la propia, específica persona. Una seguridad que pende, como un sutil y fino hilo, del juicio de los demás. Somos, en parte sustantiva, lo que los otros se imaginan que uno es. Y por eso cruzamos la existencia como embozados.

Cada cual defiende como puede su propia originalidad. En eso consiste el estilo personal. En eso, y no en otra cosa. Ser persona no estriba en acumular cargos más o menos importantes, títulos y demás zarandajas. Ser persona estriba en poder desnudarse de esos adornos como uno es, en puris naturabilis. Lo otro es oficio del sastre. Y los trajes son la gran engañifa, la esencial mentira. Esto ya lo adivinó, con su habitual perspicacia, el genio pesimista de Schopenhauer. Por eso advirtió de que todo nuestro ser es mentiroso, y sólo a través de esa falsedad puede adivinarse, a veces y no siempre, nuestro verdadero pensamiento, como a través de los atuendos "la forma del cuerpo".


Domingo García Sabell es escritor.