Miércoles
30 agosto
2000 - Nº 1580

 




Los sueños se cumplen

JUAN JOSÉ MILLÁS

Nos invitaron, para despedir el verano, a una comida con intelectuales y artistas. A mi izquierda había una estrella de la televisión que me informó de que tenía dos hijos adoptados, un chinito y una chinita. Le di la enhorabuena e intenté que habláramos de otra cosa, pero entonces me preguntó cuántos hijos adoptados teníamos mi mujer y yo. Al decirle que ninguno perdió completamente el interés por mí.

A mi derecha había un famoso guionista de cine que me dijo, sin que yo le hubiera dado pie, que acababa de adoptar a una niña boliviana. Le di la enhorabuena y le pregunté si había visto la película de Verhoeven sobre el hombre invisible. Pero él no tenía interés en hablar de cine, sino de la adopción. Quiso saber cuántos hijos adoptados tenía yo y le dije que ninguno.

-Pero estarás en trámites -insistió.

-Pues no, no estoy en trámites -manifesté un poco avergonzado.

El guionista de cine perdió todo el interés por mí y se puso a hablar de niños adoptados con su vecino de la derecha. Alcancé a oírle que el problema de los niños polacos es que son iguales que nosotros y al final parecen hijos biológicos. La pareja que había frente a mí hablaba de la burocracia de la adopción y se intercambiaban consejos para actuar de un modo u otro según los países. Mi mujer se encontraba al otro extremo de la mesa y me pareció, por la mirada que intercambiamos, que se encontraba también un poco aislada. Como todavía estábamos en el segundo plato y comprendí que el tema dominante eran los hijos, intenté contar a la estrella de la televisión algunas cosas de los míos.

-¿Pero no me habías dicho que no tenías ningún hijo adoptado? -preguntó.

-Es que son biológicos.

-Ah, eso -dijo con una mueca de asco.

Salí de la comida hecho polvo y cuando me reuní con mi mujer me contó que a ella le había sucedido lo mismo.

-¿Pero en qué mundo vivimos tú y yo -dijo- que ni nos habíamos enterado de que ya no se adoptan posturas, sino niños?

-Chica, yo leo todos los días varios periódicos y no había caído -respondí abochornado.

-No los leerás bien- aseguró.

En efecto, al llegar a casa echó un vistazo al primer periódico que vio sobre la mesa y me dijo que Woody Allen y Soon Yi acababan de adoptar otra hija, la segunda, creo, o la tercera.

-Pero Woody Allen se casa luego con ellas -dije yo-. Más que la adopción, practica una suerte de incesto atenuado.

Mi mujer dijo que eso no tenía gracia y estuve de acuerdo. Entonces entró llorando nuestro hijo pequeño.

-¿Pero qué te pasa?

-Unos niños me han dicho que soy hijo biológico.

Mi mujer y yo nos miramos con lógica preocupación, pero yo actué con unos reflejos increíbles. Le dije que no se lo creyera. Que le habíamos traído de Pakistán: el primer país que se me ocurrió, vete a saber por qué. El niño se quedó más tranquilo y se marchó otra vez a jugar con sus amigos adoptados.

-¿Crees que has hecho bien engañándole? -preguntó mi mujer.

-Ya tendrá tiempo de enterarse de la verdad -respondí yo-. Acuérdate de que le dijimos demasiado pronto que los Reyes Magos eran los padres y lo pasó fatal. Cuanto más tarde se entere de que es biológico, mejor.

-Pero los niños son muy crueles y se lo dirán.

-Pues nosotros le diremos lo contrario y lo juraremos sobre la Biblia si es preciso.

Esa noche releí un ensayo de Freud, con perdón, en el que dice que todos hemos tenido de niños la fantasía de que éramos adoptados. De ese modo, soportamos las carencias de nuestros mayores y soñamos con un futuro en el que nuestros verdaderos padres vendrán a rescatarnos de la menesterosa condición en que hemos caído. Lo curioso de los sueños es que se cumplen. Quizá ahora se está cumpliendo masivamente ese viejo sueño de la humanidad, lo que me parece muy bien. Pero alguien debería explicarnos cómo ayudar a los hijos biológicos a sobrevivir con el peso de no ser más que lo que parecen. Después de todo, ellos son inocentes de las inclinaciones de sus padres.