Martes
25 abril
2000 - Nº 1453


SOCIEDAD
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Fernando Savater reflexiona sobre el 'ombliguismo' nacional


Fernando Savater (R. Gutiérrez).
Conocido por su intensa actividad académica y literaria, Fernando Savater, galardonado ayer con el Premio Ortega y Gasset de Periodismo al mejor artículo, es uno de los pensadores de referencia de la España actual. Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Foro de Ermua, sus agudos análisis del conflicto vasco han tratado de combatir la intolerancia con una invitación a la humildad de pensamiento y de juicio. El texto premiado, titulado El prójimo desconocido -que se reproduce a continuación-, está cuajado de su habitual sentido del humor y propone el ejercicio de "mirarnos a nosotros mismos como si fuésemos ignorantes extranjeros", para ver que no somos el centro del mundo.

El prójimo desconocido

FERNANDO SAVATER

Hace pocas semanas, uno de los semanarios italianos más leídos publicó como ilustración de un reportaje sobre Euskadi la fotografía de un dantzari levantando la pierna en pleno aurresku ante el lehendakari Ibarretxe. El pie de la foto decía algo así: "Ejercicios de artes marciales en un cuartel de la Guardia Civil en el País Vasco". También es reciente la aparición de la edición española de una novela del enigmáticamente prestigioso Tom Clancy, en la que se cuenta un complot inverosímil de nacionalistas vascos y catalanes contra castellanos y andaluces. En la fábula, prácticamente todo (nombres, lugares, costumbres, instituciones, etcétera) resulta deliciosamente absurdo... siempre, claro está, que uno le eche buen humor al asunto y recuerde que también las novelas de Fu-Manchú nos hicieron disfrutar sin mayor fiabilidad sociológica. Tercer y último episodio de esta breve antología de despropósitos: no hace muchos años dirigí un curso de verano en la Universidad Menéndez y Pelayo de Santander, al que invité a un destacado catedrático de Filosofía de la Sorbona, cuya obra estimo particularmente. Cuando en uno de los almuerzos le presenté a mi mujer, nacida en Canarias, mostró un cándido asombro: "Ah, ¿pero entonces los canarios no son negros?".

Por supuesto, la moraleja de estas anécdotas no es en modo alguno concluir que somos unos incomprendidos. Lo que quisiera señalar, sin especial resentimiento, es lo siguiente: para italianos, franceses o americanos cultos (suponiendo que a estos efectos incluso Tom Clancy pueda ser considerado tan elogiosamente), la vecina realidad española y sus incidencias más o menos antropológicas no deberían constituir un enigma exótico cuya oscuridad tenga que ser compensada con improvisaciones de la imaginación. Sin embargo, ahí tienen ustedes pruebas fehacientes de lo contrario. No creo que italianos, franceses o americanos (ni siquiera Tom Clancy) sean casos excepcionales en lo tocante a ignorar a su prójimo, luego cabe concluir que a nosotros nos ocurrirá más o menos lo mismo en muchos aspectos relevantes de lo que sucede en otras partes que tampoco deberían sernos misteriosas. Y si en países con abundantes comunicaciones entre sí, las personas ilustradas se equivocan tanto sobre sus vecinos... ¡qué no ocurrirá con las nociones que tenemos de sitios menos accesibles, como Ruanda, Timor, Chiapas o el Kurdistán!

Primera conclusión, por tanto: aunque tengamos más información que nunca sobre casi todo, conviene ser cautelosos sobre lo que creemos saber de los demás. Nuestros juicios sobre los lugares en los que no hemos estado personalmente o no hemos estudiado con detenimiento y contrastando datos deben ser siempre poco tajantes, sobre todo a la hora de clasificar en "buenos" y "malos" a los que participan en los conflictos que allí ocurren y de los que tanto se nos habla.

Segunda conclusión, quizá aún más interesante. Solemos suponer que nuestros problemas caseros, los antagonismos en que estamos envueltos o las reivindicaciones que consideramos más perentorias constituyen la preocupación dominante del mundo entero. Cada vez que en nuestro barrio alguien estornuda, damos por sentado que hasta en las antípodas se apresuran a sacar los pañuelos y el universo mismo se considera resfriado. Pero la humillante verdad es que a unos cuantos cientos de kilómetros, apenas se nos ve con mediana claridad y quienes distraídamente se fijan por un momento en nosotros suelen confundirnos con nuestros peores enemigos o ignoran lamentablemente el sentido para nosotros tan crucial de las disputas que nos atarean. Para relajarnos un poco, quizá de vez en cuando debiéramos aprender a mirarnos a nosotros mismos como si fuésemos ignorantes extranjeros...