Viernes
14 enero
2000 - Nº 1351





Poco y demasiado

FERNANDO SAVATER

Hace unas cuantas semanas -¡parece que ha pasado un siglo!- los ciudadanos españoles con menos horizonte financiero incorporamos a nuestro vocabulario una nueva fórmula de magia económica: stock options. Gracias a este invento milagroso de la ingeniería especulativa, del cual ni siquiera habíamos oído nunca hablar la mayoría de nosotros, un puñado de los principales accionistas de la compañía Telefónica -incluido su presidente- vieron incentivada su fidelidad a la empresa repartiéndose algo así como cuarenta mil millones de pesetas. Para colmo de maravillas, esta compañía que tan impresionantemente rentable se ha revelado para unos cuantos resulta ser una antigua empresa estatal recientemente privatizada. Cuando aún estábamos reponiéndonos de la impresión producida en el ciudadano medio por tan lucrativo prodigio, aparece en la cotización bursátil la empresa Terra -dedicada por lo visto a centralizar el acceso a Internet en lengua española- y a las pocas horas de nacer produce a media docena de sus fundadores, gracias al afortunado manejo previo de informaciones privilegiadas, otra ganancia espectacular de miles de millones de pesetas... en un abrir y cerrar de Bolsa. No cabe duda de que los arcanos de la economía, a la que Carlyle calificó algo apresuradamente como "ciencia lúgubre", no resultan precisamente tales para quienes dominan su mecanismo y más bien tienen que ver con la multiplicación asombrosa de panes y peces que antes se consideraba sólo al alcance de algún Dios hecho hombre.

Todos estos fenómenos de parapsicología financiera son al parecer perfectamente legales y protestar contra ellos por lo tanto equivale a subvertir el orden establecido. Pero, legales o no tan legales, ¿qué consideración ética merecen? Supongo que ello depende principalmente del tipo de ética que sostenga cada cual. Desde los orígenes de nuestra tradición moral conocemos doctrinas éticas que han condenado toda forma de especulación económica, el préstamo con intereses, la usura y cualquier otra forma de lograr que el dinero se aumente a sí mismo "por sí solo", sin la mediación del trabajo ni producción de bienes tangibles. Ya Aristóteles, nada menos, advertía en su Política que el dinero se inventó para el intercambio comercial y que cuando la ganancia procede del propio dinero en forma de interés se lo está utilizando de forma "antinatural". La moral fraterna de los primeros cristianos y el pensamiento escolástico medieval refuerzan, agravándolo con amenazas teológicas, este punto de vista. Santo Tomás condenó la usura y estableció que el derecho de propiedad tiene límites: la gran abundancia de riqueza sólo se justifica moralmente cuando se emplea en remediar la indigencia de otros e incluso sostiene que es lícito que cualquiera alivie su necesidad urgente y manifiesta apoderándose -abierta o secretamente- de lo que a algunos les sobra.

Pero después llegó el protestantismo y con él empezó realmente la era de las grandes finanzas bendecidas por la buena conciencia. Sin duda la Iglesia medieval estaba de facto al lado de los ricos pero al menos no los convertía en líderes morales y seguía beatificando compensatoriamente el sufrimiento de los pobres. Hasta que no apareció el repelente Calvino nadie se atrevió a decir que Dios mostrase predilección por los millonarios: pero el dictador ginebrino se burló de las cautelas económicas de Aristóteles y santificó la utilización del dinero como capital invertido que se las arregla para trabajar para su propio aumento. Ya conocemos la importancia que Max Weber concedió a este giro copernicano en la formación del sustrato ideológico que permitió la expansión capitalista.

El nuevo evangelio calvinista -"benditos sean los ricos y especuladores, porque de ellos serán los mayores beneficios en la gran Bolsa celestial"- encontró su parroquia más entusiasta en los incipientes Estados Unidos de América. Frente a la opinión aristotélica y tomista de que había algo indecente en que el simple paso del tiempo sirviese para multiplicar el dinero, Benjamin Franklin estableció sin rodeos que "time is money", lo cual quería decir que la persona moralmente sana debía procurar emplear de la manera más remunerativa tanto el uno como el otro. Pero ni siquiera él llegó tan lejos como el reverendo Thomas P. Hunt, que escribió en 1863 El libro de la riqueza para demostrar según la Biblia que el deber de todo hombre es enriquecerse y que el pecado original del perezoso Adán en el paraíso fue desatender irresponsablemente sus negocios. Con razón el perspicaz Alexis de Tocqueville constató en su análisis de la democracia americana que "el amor a la riqueza ha de encontrarse, sea como motivo principal o accesorio, en el fondo de todo lo que hacen los americanos". No hace falta insistir en el éxito crecientemente universal de esta moderna doctrina de salvación...

Sin embargo, incluso en tales planteamientos nunca se rompió del todo la vinculación legitimadora entre las ganancias económicas y la producción de bienes o servicios de utilidad social. Ni tampoco cierta mesura o proporción entre los beneficios del empresario -que por otra parte no dejaba de concebirse a sí mismo primordialmente como un trabajador más- y los de cualquiera de sus empleados. Los mecanismos protectores del Estado de bienestar, cuyo promotor fue Bismarck frente a Marx, reforzaron a finales del pasado siglo este equilibrio entre los diferentes niveles de la jerarquía capitalista. El director de la fábrica era sin duda más rico pero no infinitamente más rico que el obrero, quizá sólo quince o veinte veces más, como todavía ahora resulta serlo en Japón o -con mayor desproporción- en Alemania. Sin embargo actualmente el alto ejecutivo estadounidense gana doscientas y hasta trescientas veces más que un trabajador medio de su país (¡por no comparar sus ingresos con el salario de otras latitudes menos afortunadas!). Esta tendencia se generaliza también en Europa. El creciente deterioro y la progresiva privatización de los mecanismos de seguridad social agravan estas escandalosas disparidades. Pero el sueldo elevadísimo de los ejecutivos mejor pagados no es nada si se lo compara con lo que puede ganar en un "pelotazo" afortunado un especulador bursátil tipo Georges Soros o el avispado beneficiario de alguna stock option entendida como recompensa política...

Desde un punto de vista estrictamente moral, lo más grave es que la desigualdad desaforada parece despertar en el común de los ciudadanos de los países desarrollados más envidia que escándalo (o un escándalo razonado como si fuese producto de la envidia y no de ninguna concepción más justa). Por lo visto hemos tenido mala suerte y resulta que Calvino, el más antipático de todos los maestros morales que en el mundo han sido, ha terminado triunfando plenamente, al menos en el terreno económico. Pero aun así sería oportuno hacer dos consideraciones no tanto estrictamente éticas sino más bien políticas (¿se acuerdan de cuando la reflexión política no era una tarea imposible o denigrante sino propugnadora de valores no menos respetables que los demás?).

En primer lugar, por mucho que la mayor abundancia de unos pueda deberse a su iniciativa o dones individuales (aunque mi opinión personal es que la extrema opulencia nunca se debe a las cualidades que uno tiene sino a aquellas, comúnmente consideradas escrúpulos, que nos faltan) no conviene olvidar que toda riqueza económica es fundamentalmente social. Nadie se enriquece más que en la sociedad y merced a mecanismos sociales: por tanto cualquier ganancia cuya desmesura la lleve a desentenderse de sus obligaciones sociales opera con una falta de realismo que antes o después tiene que revelarse suicida. En segundo lugar, está comprobado que los países más seguros son precisamente los más equilibrados o, si se prefiere, los más justos. Sólo se puede aumentar la seguridad dentro de una nación y en el mundo potenciando mayor justicia. El camino contrario lleva a vivir en sociedades donde unos pocos deben dedicar todo su tiempo a acorazarse contra los depredadores y a vivir en fortalezas recelosas y feroces mientras a otros muchos no se les ofrece más salida de la miseria que incorporarse a mafias o desahogarse con el terrorismo urbano. Lo ocurrido en la cumbre comercial de Seattle es una ligera señal de alarma que encuentra mil confirmaciones ya casi endémicas desde América Latina y Oriente Medio hasta Rusia.

¿Qué dice entonces la ética de quienes no se resignan al calvinismo, sin renunciar por ello a la modernidad desarrollada? Pues quizá que urge revisar el egoísmo meramente acumulativo y adquisitivo para liberar un amor propio basado en que es mejor disfrutar lo suficiente que perder la vida defendiendo con uñas y dientes lo demasiado contra quienes tienen poco o nada. Y comprender que nadie puede interesarse racional y cuerdamente por sí mismo desinteresándose de todos los demás... sobre todo en este mundo ya globalizado donde vivimos en una tribu de más de seis mil millones de personas.


Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.