Ponencia

La comunicación del pensamiento
Julián
Marías

Creo que este siglo que está terminando, o este milenio, pero particularmente este siglo, representa algo decisivo en la realidad que es la comunicación humana, es esencial esta condición. No olviden ustedes tener presente la admirable torpeza del ser humano. Si piensan cómo nace el niño, totalmente incapaz de valerse por sí mismo, que no puede prescindir de la ayuda de los adultos, de sus padres y lo comparan ustedes con el animal, por ejemplo, los mamíferos superiores que apenas nacidos empiezan a moverse, empiezan a actuar, a buscar la teta de la madre, se instalan en una vida habitual, más o menos autónomo desde las primeras horas de su nacimiento, es evidente que el animal humano es de una extraordinaria torpeza porque no puede vivir más que en compañía, no puede vivir más que en comunicación, en relaciones interpersonales con las personas que les cuidan, que les alimentan, que hacen posible su vida y que describen un período bastante largo, un período que envuelve sus primeros años, se establece un repertorio de relaciones personales que el niño va recibiendo, algo capital, una herencia, esencial, heredada.

El animal no, el animal empieza en cero, el animal estrena su condición en cada caso particular. La especie humana está condicionada radicalmente a la comunicación. Dicho sea de paso, yo tengo una preocupación actual y es que antes los niños solían ir a la escuela a los cinco, seis o siete años y ahora ya suelen ir a las escuelas a los dos o tres años, un entrenamiento de la vida en comunidad, le hace aprender destrezas por el temor de que no pueda desenvolverse, para que adquiera destrezas de tipo colectivo, de normas de disposiciones, el proceso de personalización, que configura su ser desde casi su nacimiento.

Pero, por otra parte, y paralelamente a esto, junto a la comunicación intrínseca y esencialmente desde el primer momento está el sentimiento en el que ha nacido la humanidad, desde milenios. Al principio eran muy pocos, vivían en grupos aislados, sin apenas comunicación en un mundo sin caminos, no olviden esto, ha habido un pacto capital y fueron las calzadas romanas equivalentes, vitalmente de la movilización y mecanización actual. Yo descubrí con sorpresa cuando escribía "España inteligible" que, en tiempos de Caracala, la longitud total de las calzadas romanas en España era de unos 30.000 Km. Es algo asombroso, y esto unido al mar, en especial, el Mediterráneo, que era camino fácilmente, empezó a establecer vínculos de comunicación entre grupos humanos distintos, pero, en todo, era algo precario y absoluto incomparable con la situación actual.

Hay un hecho que hace pensar y es que cuando en el siglo VI el Rey visigodo Recaredo renunció al arrianismo de los dominadores visigodos y se convirtió al catolicismo de la población hispanorromana, lo cual fue decisivo para la vida del reino visigodo, el Papa tardó en enterarse de este importantísimo suceso tres años. Actualmente los medios de comunicación hacen que sigamos lo que acontece, lo estamos viendo acontecer y nos comunican incluso hasta lo que no acontece. El cambio es monstruoso, extraordinario, es absolutamente decisivo. El hombre actual recibe impactos informativos todos los días, se puede desplazar. En cuanto hay un fin de semana, las gentes salen de viaje, hasta lugares próximos o relativamente próximos o enormemente lejanos y remotos. Desde que la distribución es absolutamente distinta, condicionada precisamente por la comunicación, desde la comunicación en presencia humana corporal hasta la informativa, las noticias de todo tipo y en los últimos años esto ha dado pasos decisivos, maravillosos, asombrosos e inquietantes también.

Pero qué se recibe, qué se comunica. Comunicación hay que preguntar de qué. De hechos, de relatos, de noticias, de pensamiento. Qué ocurre con el pensamiento. No es lo mismo el pensamiento que la inteligencia. El animal es inteligente, los animales superiores son muy inteligentes, incluso es evidente que son más inteligentes que el niño de corta edad. Es evidente que un perro, lo más parecido mentalmente no morfológicamente a un hombre, es muy inteligente, es más inteligente que el niño de pocos meses o un año. La diferencia está en que el niño tiene algo distinto de la inteligencia, que es la razón.

Hace muchos años, cuando yo escribía Introducción a la Filosofía tuve que hablar de la razón y encontré una definición provisional que pensé que corregiría, pero no lo he hecho, he seguido usándola porque no he encontrado otra mejor. La razón es la aprensión de la realidad en su conexión. Esto es lo que la diferencia de la inteligencia. Justamente el ver la realidad como realidad, descubrir sus conexiones, las que tiene ella, la realidad. Esto es capital y el pensamiento consiste primariamente en eso, en razón. A mí me ha preocupado siempre esta expresión tan curiosa que se dice, del niño que no tiene uso de razón, yo pregunto y eso por qué, es que no tiene razón y si la tiene por qué no la usa. He llegado a pensar que el hombre se define primariamente por sus necesidades, mucho más que por sus dotes. El niño no tiene razón pero la necesita, el animal, no. El animal tiene un sistema de instintos muy despiertos, orienta su vida con gran acierto por lo general, el niño no. Debido a su incapacidad e invalidez para orientarse en el mundo necesita que le presten la razón. Los adultos le prestan la razón al niño como el Lazarillo le presta la visión al ciego. Esto es lo que quiere decir no tener uso de razón: necesitarla y no poseerla en acto. La razón se constituye viviendo y esto es decisivo.

La fórmula que acuñó mi maestro y amigo tantos años Ortega, el año que yo nací, razón vital quiere decir dos cosas: por una parte la razón sin la cual no se puede tener una vida humana. El hombre no tiene instintos o muy pobres y tiene en cambio un horizonte imaginativo amplísimo. Ustedes no han venido hoy aquí por un tropismo, es que ustedes han decidido venir, han pensado que lo mejor que podían hacer esta mañana era venir aquí, y yo tampoco he venido por un instinto sino porque había convenido venir, había venido, había pensado y por tanto el hombre para ejecutar el acto humano necesita tener presente el repertorio de posibilidades, de facilidades o dificultades que lo rodean y entonces decide, elige, toma una decisión. Esta es la razón vital.

Por otra parte, si preguntan qué es la razón, cómo funciona, es la vida misma. Yo entiendo algo cuando lo hago funcionar en mi vida, cuando encuentro que tiene una cierta función, un cierto papel en mi vida. Si yo hubiera mostrado el micrófono a Platón, que era un hombre sumamente inteligente, no lo hubiera entendido, porque no sabía qué era un micrófono, qué función podía tener en la vida, es decir, la vida misma es la que permite entender, es instrumento para la razón. Esto es lo que quiere decir razón vital. Y esto es fundamental para el hombre. Es lo que llamamos propiamente hablando pensamiento.

Y ahora cómo se puede comunicar el pensamiento. Piensen ustedes en algo importantísimo. El hombre piensa hablando y expresa su pensamiento mediante la palabra. La palabra es un fenómeno motor y auditivo. Se emite hablando con movimientos musculares del aparato elocuente y se oye, se percibe, por el oído. Pero este tipo de elocución, esta manera de existir de la palabra es fugaz. Las palabras vuelan y por consiguiente no se conservan, no se pueden fijar. Se fijan en la memoria. Es evidente que durante largo tiempo, durante milenios se ha recitado, se ha intentado saber de memoria. Ustedes piensen en lo que eran los cantares de gesta, lo que los juglares declamaban o cantaban, pero esto era vacilante, no se fijaba, era perecedero. No se ha podido fijar la palabra más que convirtiéndola en algo absolutamente distinto, un fenómeno visual, gráfico: la escritura. Ustedes piensen en lo que hubiese sido si no se hubiese descubierto la técnica de fijar la palabra como tal, que es justamente lo que acontece ahora; si no se hubiese necesitado la escritura es posible que no se hubiese inventado, se habría conservado la palabra y la voz tal como son y la historia sería profundamente distinta.

Ahora justamente conviven de manera extraña, dificultosa, la palabra hablada y la escritura, el libro. Esto naturalmente cambia las cosas, el pensamiento se comunica primariamente mediante la palabra hablada. El pensamiento se comunica en estado naciente. Recuerden ustedes que los teólogos decían que la fe se comunica por el oído y el pensamiento embrión también primariamente se comunica así. La función de un profesor es pensar con sus estudiantes ante ellos, con ellos, en diálogo con ellos, aunque incluso estén callados. Esta es la manera así se produce el contagio del pensamiento. El pensamiento es contagioso, pero no mucho. Conviene no confiar demasiado en eso, por ello evidentemente la palabra hablada es esencialmente el vehículo primario y eficaz de comunicar el pensamiento. Este es el sentido que ha tenido la escuela en todos los sentidos, en todos los países. Piensen ustedes entre los griegos, en la Edad Media, hablando en presencia, hablando unos con otros, se ha comunicado el pensamiento vivo en estado naciente, contagioso, que se reproduce de manera distinto, con modificaciones siempre creadoras, de uno a otro. Esto es capital, por esto es fundamental el arte de hablar. Me preocupa mucho la desaparición de la palabra hablada. Se sabe que mucha gente lee las conferencias, yo no lo hago porque yo defino una conferencia como una improvisación bien preparada, pienso bastante de qué voy a hablar, a decir, pero luego lo que digo no es exactamente eso, nace del diálogo con el auditorio, por esto nunca acepto a hablar en una sala apagada con un escenario iluminado porque si no veo las caras, a quién le hablo, a nadie. Esto me parece imposible. Como ven ustedes es fundamental la posibilidades de comunicar verbalmente, directa y personalmente el pensamiento. Pero dirán ustedes que no es sólo esto, que es fundamental la palabra escrita. Yo he escrito muchos libros, y artículos también, y deben tener un cierto carácter también vivo, deben tener cierta vivacidad. Es lo que llamamos estilo, tiene que notarse la personalidad del que habla, precisamente en el estilo.

Hay un concepto que yo forjé, hace muchísimos años, que es la calidad de página. Hay autores que hacen obras espléndidas, muy valiosas, pero que en su conjunto no tienen una página que sea atractiva, que sea impactante y esa página cuando tiene calidad consiste precisamente en que si le ponemos la mano sobre ella, sentimos el latido del corazón del autor que está ahí presente. Esto es capital por eso yo creo que es menester también escribir desde uno mismo cuando se escribe, sobre todo, de asuntos de pensamiento, en que no sólo se comunican hechos, datos, noticias, sino ese pensamiento que tiene que estar en la página publicada, escrita. Tiene que estar viviente, tiene que ser capaz de comunicar efectivamente y por tanto de contagio, por eso el estilo literario es fundamental, no olviden ustedes, por ejemplo, que en España ha habido un hecho interesantísimo que concierne, particularmente, a la filosofía, en España había habido poca filosofía, no se había hecho mucha, y la mayor parte en latín, es decir, desligada de la instalación lingüística en el español y del aprovechamiento de las posibilidades filosóficas de esta lengua. Cuando se empezó a escribir en español, no hubo filosofía creadora, fue en gran parte recibida, pero prácticamente hace un siglo y precisamente en esta ciudad un escritor extraordinario, Unamuno, que hablaba principalmente de la filosofía que tenía pasión por la filosofía, que no quiso ser filósofo, pero que llenó de filosofía toda su obra y además era un gran escritor y un escritor vivo. Y después Ortega, y después otros y así ha habido un renacimiento de la filosofía en España y ha nacido de un estilo literario, de varios estilos literarios, de una capacidad de llegar al lector.

En el primer libro de Ortega se definía como un profesor de filosofía, un escritor "in partibus in fidelium", en las legiones de los infieles, como los del norte de África, del Mediterráneo ocupado por musulmanes, en el que se conservarán las diócesis que fueron incluso nada menos de San Agustín, pero ya no hay comunidades cristianas, en general muy pocas. Ortega no lamentó esta ausencia de filosofía sino que trató de convertir a los infieles y lo consiguió y hoy España es probablemente donde se leen más libros de pensamiento. Creo que si se comparan las ediciones y tiradas de ellas se encontraría con sorpresas que España es quizás el país europeo en el que se leen más libros de pensamiento. Precisamente despiertan el interés del lector medio por su calidad literaria, por su intensidad, por su viveza, por la presencia de los autores de los libros y esto es absolutamente capital y esto lleva una consecuencia también y es que yo creo que los libros de pensamiento para ser verdaderamente eficaces, para comunicarse han de ser breves, lo más breves posibles. Esto tiene antecedentes muy lustres.. Yo pienso en ese momento especial, extraordinario de la filosofía europea que fue el siglo XVII. Estos breves libros como de Pascal, de Liebniz, de apenas 50 páginas, 100 páginas. Otras algo mayor pero algo manejables, abarcables frente a los enormes libros escolásticos. Piensen ustedes en las obras inmensas de Suárez. Yo tengo la edición completa de sus obras, son 26 volúmenes a folios de dos columnas. Hacía falta mucho tiempo para leerlos. El hombre actual no tiene tiempo, los libros largos se hojean, con "h" y sin ella, no se leen pero el pensamiento es otra cosa, hay que poseerlo en su integridad. El pensamiento tiene argumento. El pensamiento hay que poseerlo en su conjunto, incluso si se tiene tiempo, que ahora escasea mucho, si se lee un libro muy largo, se va olvidando a medida que se va leyendo, no se posee, no está actualizado en la mente, no tiene su función de comunicación plena; hay libros que inevitablemente tienen que ser extensos porque son expositivos porque tienen que informar de muchas cosas.

El libro propiamente de pensamiento debe buscar el máximo de brevedad, de concisión, que sea posible. Comprenden ustedes que esto hace que la función del libro tiene una curiosa semejanza con la función de la palabra y les decía ustedes que la palabra debe ser viva, debe nacer de una circunstancia concreta, debe mantener la actitud del autor, del que está pensando. El lector de un libro bien escrito de pensamiento tiene que poder actualizar. Precisamente, el movimiento mental del autor, tiene que reproducir en sí mismo el proceso por el cual el autor llegue a pensar, de este modo puede hacer suyo el pensamiento es repensarlo por eso el lector de un libro de pensamiento debe hacer filosofía por sí mismo, filosofía que puede no ser original porque le es apropiada, la hace suya. Le reproduce en sí misma y o eso mismo, no se puede leer un libro de filósofos más que con una actitud filosófica, creadora o no, original o no. Una de las grandes obras de nuestra época, desde el siglo pasado, desde mediados del siglo pasado, ha sido el afán de originalidad. Piensen ustedes que en todo el pensamiento, en la ciencia, en el arte, en la literatura durante siglos se ha creado dentro de estilos vigentes y el autor hacía una obra original, porque lo hacía desde sí mismo y cada uno es original, es insustituible, es único. Pero desde 1860 ó 1870 ó 1880, según los géneros, y según los países hay una voluntad de originalidad que es devastadora. Se trata de hacer algo diferente y entonces se produce una tremenda esterilización y esto abarca a todas las formas de la cultura del último siglo o algo más, de lo cual se salvará una pequeña fracción. Naturalmente, este pensamiento es siempre personal porque además se piensa desde el nivel propio, se piensa desde los problemas actuales, desde los problemas que son problemas para el que lee o para el que piensa y personalmente suyos, en su vida circunstancial y concretísima.

Por esto, paradójicamente la originalidad está asegurada con la sola condición de no buscarla, de hacer el pensamiento o la relectura del pensamiento ajeno desde lo mismo y movida o interpretada por la situación personal en la que se vive. Esto está causando una situación inquietante actualmente. Hay un hecho que me preocupa mucho, y es que hay una cierta amenaza de decadencia. La decadencia supone un descenso de la condición humana, por eso las decadencias son terriblemente peligrosas porque si se entra en ellas es muy difícil salir porque se produce el descenso del hombre mismo y ocurre que ha habido decadencias de la humanidad que han durado decenios o siglos. Ustedes piensen lo que ocurre después de la caída del Imperio Romano y por lo menos hasta la época de Carlo Magno, hay cuatro siglos de decadencia, cuatro siglos en los que el pensamiento y la creación decaen enormemente. No hay figuras comparables con las figuras anteriores de los griegos, de los romanos. Biológicamente, psíquicamente, no creo que hubiera variación. Si hubiera habido tests sobre los niños que nacían por esos siglos, probablemente serían iguales que los anteriores. Era la forma de la vida, era la condición humana, eran las formas de comunicación, era el ambiente en el que se criaban lo que les hacía inferiores.

A mí me preocupa los admirables medios de comunicación de nuestra época, que son fantásticos, son inapreciables, son peligrosos porque primariamente dan cosas. El mundo actual está lleno de cosas y lo grave es que los hombres de nuestro tiempo casi no piensan más que en cosas. Yo tuve una sorpresa curiosa en una excelente enciclopedia en la que colaboré hace muchos años. Me encontré con que no había artículo "amor" y se lo dije al director que se quedó sorprendido y me dijo: "Pues haga usted el artículo "Amor" para el suplemento", y lo hice. Pero, me encontré en que en ninguna enciclopedia actual hay el artículo "Amor", en la antigua sí, mejores o peores, según el nivel de la época. Actualmente no porque el "Amor" no es una cosa. Tampoco hay un artículo sobre "Felicidad" ni sobre vida biográfica, sobre la vida personal. No se habla más que de cosas y la comunicación actual es primaria, casi exclusivamente de cosas, de hechos, de datos. El hombre está lleno de ellos, percibe todos los días millares de ellos. Pero está en peligro que le hablen de algo que no sean cosas, que le hablen de la vida misma, de su estructura, de sus formas. Lo evidente es la persona, que es radicalmente distinta de cada cosa y primariamente porque la persona es real e irreal. La irrealidad forma parte intrínseca de la persona, es imaginativa, es proyectiva, es futuriza. El hombre está orientado y proyectado al futuro, en la realidad humana está incluido lo irreal, lo que no es ni siquiera futuro porque no se sabe si será o no. Es un tipo de realidad absolutamente distinta de toda cosa, una realidad para la cual llevo muchos años tratando de encontrar las categorías y los conceptos adecuados para pensarla. Se piensa poco, se ha pensado muy poco sobre la persona y casi siempre con categorías y conceptos inadecuados derivados de cosas y que, por tanto, pierden de vista la realidad única fundamental de la persona. Con lo cual tenemos un peligro con estos maravillosos medios de comunicación y es que el hombre de nuestra época se convierte en algo distinto de lo debe ser, que sea menos persona, que sea un primitivo lleno de noticias.