Enseñar a convivir para evitar la violencia

ROSARIO ORTEGA RUIZ
( 03-04-00)

Los seres humanos lo somos porque, junto a nuestra biología, nos desenvolvemos en un desarrollo social que tiene en el afecto del otro y en la comunicación sus generadores de cambio y de adaptación al medio. La cooperación y la ayuda han sido las claves del progreso de esta especie que seguramente bajó de los árboles y pudo enfrentarse a un mundo natural difícil porque dispone de una inteligencia efectiva y social superior a la del resto de los primates.

Todo conflicto entre humanos tiene una vía dialogada y negociadora de arreglo, pero para ello hay que aprender que el otro es un semejante con el que la cooperación es más fructífera que la confrontación violenta. La violencia tiene lugar cuando, en una confrontación de intereses, uno de los protagonistas tira por la calle del medio, se coloca en un lugar de dominio y prepotencia, dejando al otro en un lugar de impotencia, obligándole a la sumisión y procurando su indefensión. El esquema psicológico de la violencia es un pervertido modelo de dominio-sumisión.

Lo ha explicado bien, para el contexto de la violencia doméstica y laboral, Marie-France Hirigoyen, en su interesante libro El acoso moral. Lo venimos explicando en artículos científicos y divulgadores los que nos dedicamos a la Psicología de la educación, cuando hablamos del maltrato o violencia entre iguales. Se trata del fenómeno escolar conocido en el ámbito anglófono como bullying. Un vínculo social entre compañeros en el que un chico / a abusa con cierta regularidad de su poder físico, social o psicológico sobre otro, al que somete o maltrata, y en nombre de la injusta ley del más fuerte, obliga a su víctima a entregarle las doscientas pesetas del bocadillo, lo insulta diariamente porque tiene gafas, es tímido, gordo, flaco, no se viste a la moda, o cualquier otra sinrazón, que el abusón considere pretextar para burlarse de él / ella. El maltrato entre iguales, como el maltrato doméstico es el formato que adquiere un destructivo modo de relación que junta a la víctima y su agresor en una zona oscura de la intimidad, protegida por la indiferencia de los terceros.

Desde los inocentes juegos infantiles a los complejos juegos de rol de los adolescentes, la mente, las actitudes y los comportamientos, en el microsistema de los iguales, no son sólo individuales, sino sociales y compartidos. Los chicos y chicas entre sí componen un ámbito de la vida psicológica y moral que ahora parece empezar a hacerse visible a la opinión pública, pero que hasta hace muy pocos años no lo era.

Desgraciadamente han sido noticias de suicidios y asesinatos terribles cometidos por criminales adolescentes, la organización de sectas neonazis o siniestros grupos terroristas, o esperpénticos guerrilleros de un fundamentalismo religioso incomprensible, lo que nos ha puesto enfrente del complejo problema de la violencia juvenil. Entre nosotros, no son tanto estas formas extremas de violencia lo que preocupa, pero ya hay muchas voces que preguntan ¿Qué está pasando en las aulas y en los centros escolares?

Son muchos los elementos sobre los que hay que reflexionar, pero no habría que desdeñar que hemos pasado de una escuela academicista, que segregaba y expulsaba de las aulas, mediante el suspenso, a muchos chicos y chicas que no se adaptaban a las rígidas lecciones sobre contenidos dirigidos a aquellas mentes que estaban en condiciones de recibirlas. Alumnos que sabían que esa y otras lecciones les llevarían a ser socialmente integrados, cumpliendo así expectativas e ilusiones puestas en él y ella. Un sistema instructivo coherente con un sistema de ideales que prometían al joven una vida digna y socialmente estimulante (evidentemente, a esta altura, la escuela ya había segregado a otras instancias menos refinadas de espíritu a todo aquel que no podía seguir tan exquisita lección); así pues nuestros institutos eran lugares tranquilos e intelectualmente estimulantes. Si ahora pueden llegar a no serlo, deberíamos preguntarnos, además de por los contenidos y métodos de la enseñanza, por las metas finales que éstos ofrecen a los jóvenes.

Estudiar es duro, lo sabemos todos los que hacemos de esto un trabajo diario. Además, se estudia para algo. El logro, no necesariamente material, pero al menos visualizado como algo bueno venidero, estimula el proceso de aprendizaje si éste incide, aunque sea indirectamente, en el proyecto vital del aprendiz. Pero para ello debe existir una cierta coherencia entre la tarea y la recompensa. El escolar debe creer en su futuro y en el de sus iguales, para que su autoestima personal estimule su aprendizaje y acepte una enseñanza que le garantice, al menos en alguna medida, que lo que hace será, alguna vez, bueno para él y ella. Mi pregunta es: ¿estamos dándoles a los jóvenes esperanza e ilusión para que crean en ellos / as, y por tanto, se esfuercen?, ¿Cómo hacer para que el joven atribuya sentido y significado a lo que hace allí?, ¿Hemos dicho, de alguna forma, a nuestros jóvenes, que lo que se hace en la escuela tiene mucho que ver con lo que será luego importante?, ¿Lo tiene?

Porque a la escuela obligatoria se va a estudiar y a vivir con los que después serán vecinos, amigos, compañeros de trabajo, o simplemente ciudadanos como nosotros. En la escuela se pasa mucho tiempo, durante el que hay que vivir bien, respetando y siendo respetado, para aprender a vivir digna y democráticamente; es decir, afrontando la vida personal y los conflictos sociales, respetando las reglas de un juego democrático, que nos coloca frente a los demás como iguales en derechos y deberes. Pero, ¿Qué sabemos de la vida en el colegio y en el instituto?; ¿con qué códigos, hábitos, convenciones y pautas de relaciones conviven nuestros escolares?

Decía Dewey que el alimento de la democracia, como sistema político basado en el Estado de Derecho, es el ejercicio de la convivencia democrática en la escuela comprensiva, que es una escuela de todos / as y para todos / as. La violencia es, en sentido estricto, el comportamiento más antidemocrático de todos, porque supone la coerción, el abuso y el dominio prepotente de uno sobre otro. En la escuela obligatoria surgen y surgirán siempre conflictos, ¿estamos educando a nuestros escolares para enfrentarse a ellos de forma negociada, solidaria, justa y democrática? La respuesta debemos darla todos, no sólo los docentes, que también. Si por ignorancia, o dejadez permitimos que se eleve la presencia de fenómenos de violencia en nuestras escuelas, estaremos poniendo en riesgo los valores de nuestra joven democracia y acercándonos al siniestro panorama del totalitarismo, el fundamentalismo, la xenofobia y el racismo, que vemos como nube amenazadora en algunos lugares no muy lejanos.


Rosario Ortega Ruiz es profesora de Psicología de la Educación y el Desarrollo en la Universidad de Sevilla.