Domingo
21 mayo
2000 - Nº 1479



OPINIÓN
Cabecera
                 


La gran caverna de los espejismos

FERNANDO DELGADO

Es posible que Mercedes Milá aceptara dar la cara en Gran Hermano por lo que el denostado experimento televisivo tiene que ver con la caverna de Platón: allí convivían unos personajes que confundían las sombras que veían en la pared con la realidad. Si lee a Víctor Gómez Pin , autor de Los ojos del murciélago (Seix Barral), convendrá con él en que, como las criaturas de Platón, vivimos enajenados en este mundo de pantallas que nos ha tocado vivir y que, además, las ilusiones de lo real se extienden y multiplican hasta dejarnos hechos unos zorros y con el sentido crítico hecho una mierda. No debe extrañarnos, pues, que se afirme que Gran Hermano es un buen ejemplo de esta alienación.

La última vez que vi a Milá fue en una cena con José Saramago en la que el premio Nobel optó por reírse, y ella, por tomárselo todo en serio con su sagaz perspicacia de excelente entrevistadora. Saramago trabajaba ya en La caverna, su esperada novela, y, como es lógico, lo ignoraba todo de Gran Hermano. Mercedes, también. Ahora pone tal empeño en defender la dignidad de esa cutre caverna televisiva que mal podría seguir el consejo que le dio Le Cocp al fulgurante actor catalán Sergi López: "No pienses mucho cuando actúas".

Sí, en cambio, debería hacer caso a Emilio Lledó, tan conocedor de Platón: "Pensar es una forma, la más delicada y sutil, de ver". Justo lo que hace ahora Pérez Villalta en sus pinturas (galería Soledad Lorenzo): necesita, dice, visualizar sus ideas. Ejercicio singular el del pintor en un tiempo como el nuestro, en el que, al parecer, lo que menos importa es cómo sean las cosas. Pero es el mismo tiempo, al fin y al cabo, en el que Soledad Puértolas (Adiós a las novias , Anagrama, un lúcido modo de pensar entre las sombras, sin confundirlas) comprueba por sí misma que la edad es vida. Vida para reconocernos, porque espera recobrarse en la memoria, según la noble aspiración del filósofo, y no para sucumbir en el naufragio de una prisión de vulgaridades creada por la realidad insustancial de una caverna en la que los espectadores se dejan internar a gusto. No para reconocerse, para desconocerse mejor. Deseo que a Lledó no le falte razón y que el periodista sea en efecto el desmitificador de las apariencias. No, como sucede tanto, el creador de los espejismos.