Miércoles
16 septiembre
1998 - Nº 866

SOCIEDAD
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CIRCUITO CIENTÍFICO

Comités para la utopía

JAVIER CIARSOLO
La propuesta por parte del ministro de Sanidad de crear un Comité Nacional de Ética para las Ciencias y las Nuevas Tecnologías y la atribución que la corresponsal de EL PAÍS en Santander hace a Mariano Barbacid diciendo que en la investigación "se engaña a la naturaleza" viene como anillo al dedo para plantear algunas cuestiones sobre la relación entre investigación científica, concepciones de la Naturaleza y actitudes morales.

La sacralización de la Naturaleza es, en la civilización contemporánea, un hecho consumado, resultado sorprendente y contradictorio de la artificialización de la especie humana y del descubrimiento, temeroso, de que los recursos de esa misma Naturaleza, llámese planeta Tierra, son limitados y que su destrucción puede ser irreversiblemente trágica. A la Naturaleza se le atribuye la suma bondad que se atribuía solamente a la divinidad. Y esa suma bondad debe ser respetada y al ser perfecta están prohibidos por la moral los intentos de transformarla.

Más si por algo se ha caracterizado el pensamiento científico ha sido por arramblar con todo esto. El universo no es lo que fue hace unos miles de millones de años, ni el planeta Tierra, ni las especies animales cuya presencia sobre el planeta es un perenne, inagotable, proceso de aparición y extinción. Qué más se puede decir de los antepasados de la especie humana sino que son testigos fieles de lo que ésta, incluso con limitadísimos recursos tecnológicos, es capaz de autotransformarse.

La Naturaleza no está dotada de virtudes humanas ni divinas: tan "natural" es el sublime espectáculo del vuelo de una nube de flamencos como los desastrosos efectos de la peste negra; tan natural es la vida como la muerte. Y en el orden biológico lo más natural es el movimiento, el cambio.

Como resultado de la investigación científica la concepción estática y compartimentada de la naturaleza humana ha sido desmantaleada: la posibilidad de cambiar rasgos, incluidos los genéticos, del individuo e incluso de la especie está más que planteada. ¿Desde qué planteamientos éticos se han de controlar los posibles cambios de nuestra estructura molecular más íntima, incluida la que soporta nuestras pasiones? ¿Quiénes van a ser los censores de la libertad de investigación y de la toma de decisiones científicas? Los grandes obstáculos levantados para la utilización de los métodos científicos de control de la natalidad, relacionados con las concepciones tradicionales de la vida y de la moral sexual son un ejemplo precedente que nos debe alertar sobre los riesgos propios de los comités de ética. La aplicación de leyes y principios morales obsoletos a una nueva sociedad emergente genera distorsiones absurdas e inadecuaciones problemáticas como las observadas en la sociedad española, que, diciéndose mayoritariamente católica, desatiende olímpicamente las recomendaciones de la Iglesia sobre natalidad.

El tremendismo ante los riesgos del progreso sí que presenta riesgos para nuestro país, caracterizado por un endémico déficit científico bien conocido y por un no sopesado déficit moral cargado de actitudes negativas ante la ciencia y la tecnología. A mi entender, nuestra actitud moral previa ante las ciencias y ante los comités de ética ad hoc debe ser la de recuperar el sentido de la utopía con el que se inició la Edad Moderna y la de desarrollar la libertad de pensamiento decimonónica de cuyos grandes aciertos y humanos fallos somos hijos y herederos.

La historia de la especie humana es la de su evolución. El cambio, las metamorfosis, nos son consustanciales. La posible y deseable revolución de las ciencias biológicas debe encontrarnos receptivos, creadores. Puede que las utopías no se realicen jamás, pero sirven de guía para las sociedades que las generan. Creemos comités para la utopía. Y, como apuntaba el mensajero de la rebelión estudiantil de mayo del 68, "seamos realistas, pidamos lo imposible".


Javier Ciarsolo es estudioso la filosofía de la naturaleza.