La nueva Tate convierte una central eléctrica en un gran templo de arte del siglo XX

El museo londinense abre sus puertas con una muestra que rompe esquemas convencionales

FIETTA JARQUE, ENVIADA ESPECIAL, Londres
La nueva Tate, el gran museo londinense que fue inaugurado ayer por la reina Isabel II, abre sus puertas hoy al público con una propuesta que ha levantado ya las suspicacias en un sector del mundo del arte. En las más de 80 salas de la exposición permanente se agrupan cientos de obras según un criterio que, dejando de lado el orden cronológico o las tendencias históricas, opta por los contrastes, así como por los lazos conceptuales. Su recorrido es una sorpresa constante no sólo por la importancia de las obras, muchas de ellas fundamentales en la historia del siglo XX, sino por la relación de éstas con el espacio en el que se exhiben. En cualquier caso, la adaptación ha convertido una central eléctrica en un templo del arte.

De este modo, lo que está fuera de duda es que el trabajo de adaptación que han hecho los suizos Herzog & De Meuron en la central eléctrica construida a orillas del Támesis por sir Giles Gilbert Scott ha logrado convertir este edificio industrial en desuso en uno de los mayores templos del arte internacional. El director de todos los museos Tate, Nicholas Serota, puede respirar tranquilo. Su decisión de adaptar un viejo edificio en lugar de encargar su construcción a un arquitecto contemporáneo ha probado, en este caso, ser la más acertada.

Su precaución ante los autores de edificios que convierten sus obras en grandes esculturas públicas en las que la colección queda disminuida le llevó a una decisión aparentemente más conservadora, pero que guarda las audacias de paredes para adentro. Aunque hablar de paredes en la nueva Tate no es lo más adecuado. Herzog & De Meuron han limpiado espacios hasta conseguir proporciones catedralicias en lo que fuera una caduca central eléctrica. A la vez, han logrado encadenar las 88 salas en las tres plantas de exposición (dos para la colección permanente y una para muestras temporales) en un recorrido que proporciona sorpresas constantes al espectador.

La recuperación de la zona del South Bank, al borde del Támesis, requería un golpe de efecto y la nueva Tate lo ha logrado. El edificio original estuvo diseñado por sir Giles Gilbert Scott, uno de los grandes de la arquitectura pública británica, autor de la catedral anglicana de Liverpool, las bibliotecas de Oxford y Cambridge, el puente de Waterloo y de la célebre cabina telefónica roja. La central eléctrica de South Bank se empezó a construir en 1947, se terminó en 1963 y sólo funcionó hasta 1981. Los arquitectos suizos han despejado la sala central de las turbinas convirtiéndola en un impresionante espacio abierto de 150 metros de longitud y 30 de ancho. Ahí preside la entrada una monumental araña de Louise Bourgeois, encargada especialmente para el museo, junto a otras tres piezas de la artista francoamericana, instaladas al fondo de la sala.

Una escalera mecánica lleva al visitante a las dos plantas donde se instala la colección permanente (entre ambas hay una planta para exposiciones temporales) que está dividida en cuatro partes, de acuerdo a los grandes géneros pictóricos establecidos en el siglo XVII: paisaje, naturaleza muerta, retrato e historia. Esta distribución obedece también a que la gran chimenea central del edificio requería que se repartiera en cuatro segmentos. Pero el danés Lars Nittve, director de la nueva Tate, lejos de sentirse limitado, ha querido desplegar una audaz propuesta conceptual. Su división tiene los siguientes títulos: Paisaje / materia, ambiente; Naturaleza muerta / objeto / vida real; Historia / memoria / sociedad, y Desnudo / acción / cuerpo.

Lo principal para Nittve ha sido ofrecer una visión de todo el arte del siglo XX desde la perspectiva actual. Para ello dejó de lado el orden cronológico y el de las tendencias plásticas o escuelas que se desarrollaron a lo largo de la centuria, para idear una forma distinta de verlas y de relacionarlas. Ha sido también una manera de solapar las lagunas de una colección que, aun atesorando una buena cantidad de obras muy importantes, carece de buenos ejemplos del arte de los años veinte y treinta. Así, la propuesta funciona y el recorrido ofrece a los visitantes estimulantes contrastes.

El juego de los contrastes artísticos

F. J, Londres
Los contrastes en la nueva Tate de Londres están apoyados en paneles explicativos que poco tienen que ver con un desarrollo lineal. Para empezar, la primera sala, dedicada a la naturaleza muerta, reúne obras de Picasso y Cézanne, junto a las minimalistas de Carl André, Donald Judd y Sol Lewitt, bajo el epígrafe de El deseo del orden. A partir de ahí, atravesamos el cubismo de Braque y Picasso, entramos en una de las muchas salas dedicadas a un artista individual, en este caso Tony Cragg, seguimos con Lichtenstein, Hamilton y Warhol (la célebre lata de sopas Campbell y las cajas de Brillo tras un cristal); los objetos subversivos de los surrealistas, con una pequeña pantalla que exhibe El perro andaluz, y agrupa a Jeff Koons, Robert Gober y Rosemarie Trockel con Dalí y Manzoni.

Ése es el tono de la exposición, que tiene aciertos como la sala que reúne a Duchamp y Picabia y otras combinaciones bastante más criticables, como la que en las salas dedicadas al paisaje enfrenta la poderosa pintura de Monet Los nenúfares con una pieza encargada especialmente a Richard Long para la sala, Waterfall line, todo un muro que simula una especie de catarata en blanco y negro. Hay momentos y estancias soberbias como las salas dedicadas a Mark Rothko y Joseph Beuys, y espacios para vídeos e instalaciones, integrados plenamente entre las pinturas históricas.

En todo caso, la visita al nuevo museo londinense no resulta nada aburrida y, aunque la crítica inglesa ya ha puesto el acento en lo discutible de algunas de estas asociaciones, no cabe duda de que se ha abierto un importante lugar no sólo para la exhibición de una de las mejores colecciones de arte del pasado siglo, sino para la reflexión sobre su significado.

Presencia de Juan Muñoz

No son muchos los artistas españoles en la colección de la nueva Tate, aunque tiene un buen número de obras de Picasso, Miró y Dalí. Sólo se exhibe una pieza de un artista español actual y es una instalación de Juan Muñoz en la exposición Between cinema and a hard place, con una serie de figuras masculinas detenidas en distintos momentos de la risa. Esta exposición recoge 22 instalaciones con algunos de los más importantes creadores de nuestro tiempo como Bill Viola, Christian Boltanski, Anish Kapoor o Rebecca Horn.

Pero no sólo las obras de arte ofrecen al visitante estímulos para los ojos y el espíritu. La nueva Tate tiene unas vistas extraordinarias sobre el Támesis con la imponente catedral de Saint Paul al fondo. Los numerosos ventanales del museo enmarcan un paisaje privilegiado que pronto tendrá otro aliciente arquitectónico en el puente diseñado por sir Norman Foster y Anthony Caro, que se inaugurará el 10 de junio. El café-restaurante que se ha instalado en la séptima planta del nuevo museo promete convertirse en uno de los sitios más visitados de Londres.