Moby reflexiona en su habitación del hotel The Hempel, en Londres.
MOBY
Ésta es la historia de un neoyorquino que vendió 10 millones de discos colocando sus suaves temas en anuncios televisivos. Un artista que encarna como pocos el cambio de siglo. Un mezclador de estilos. Agitador. Exhibicionista. Bocazas.
Texto: Joseba Elola. | Fotografía: Sergi Margalef.

AUNQUE no lo conozcas de nada, es difícil que su música no haya llegado en algún momento a tus oídos. Es más, si ves la televisión, no te libras. Cada vez que TVE da entrada a un bloque de publicidad, suena Moby. Sí, sobre esa elegante cortinilla de tonos azules en la que se proyectan instantáneas de familias que ven la tele en una casa diáfana y minimalista.

“Es irónico que los periodistas musicales critiquen que mi música se use en un anuncio cuando lo que ellos escriben aparece junto a una publicidad y todos cobran una parte de su salario gracias a las marcas de cerveza o coches. Permití que se utilizaran mis temas para que los escuchase más gente. Aún así, no dejo que se coloquen en campañas de tabaco, ni de derivados de la carne”.

La historia de este músico estadounidense es la de un tipo que derribó todas las fórmulas de promoción ortodoxas y consiguió que un disco que parecía destinado a acumular polvo en los almacenes de las tiendas se convirtiera en el fenómeno musical del año 2000. Play salió a la calle en mayo de 1999 sin pena ni gloria. Sin apenas apoyo discográfico ni mediático. A los seis meses de su edición, su autor ya se estaba planteando dedicarse a otra cosa. Entonces fue cuando sus canciones empezaron a colarse poco a poco en las ondas por vías no convencionales: programas de televisión, anuncios, bandas sonoras. En España, su suave conquista de oídos se inició con la campaña de una marca de bebidas, tras la cual el disco inició su despegue de ventas (hasta llegar a los 80.000). Pero así fue también en Alemania, Francia y el Reino Unido. Resultado: Play fue el primer disco de la historia del que se licenciaron todos y cada uno de sus cortes, 18 (según Martin James, su biógrafo). El interés inicial de cineastas y publicistas acabó como una campaña de marketing sin precedentes. “Es el sueño de todo músico: hacer un álbum que sale de la nada y que finalmente se convierte en un disco enorme que vende 10 millones de copias. Fue muy sorprendente”, dice con voz pausada. Y bosteza.

Moby está de jet lag. Anoche llegó en un avión procedente de San Francisco y se aloja en una elegante suite de The Hempel, hotel londinense muy transitado por la fauna de la moda. En la mesa de su habitación, un bol negro con restos de algo que parece sopa miso. Sobre su cama, un documento con membrete de una firma de abogados neoyorquinos. En la pared, un post-it con una nota que le acaba de dejar una amiga: “¿Sigue en pie lo de AC/DC para esta noche?”. La espera para realizar una sesión de fotos en su habitación brinda pequeñas historias.

A sus 36 años, Moby encarna como pocos al artista del cambio de siglo. Combina retro y vanguardia. Escribe, compone, produce, mezcla, hace las veces de ingeniero y toca todos los instrumentos en sus temas. Y todo ello se lo cocina él solito entre las cuatro paredes del estudio que tiene en su casa, un antiguo hospital psiquiátrico transformado en loft en pleno barrio de Little Italy, Nueva York. En 18, su nuevo disco, ha repetido la fórmula que le hizo triunfar. Samplers (muestras) de voces con aroma a añejo blues y gospel, sobre las que diseña bases electrónicas; canciones de corte más pop, con guitarras, en las que él mismo canta; temas de pulsión dance; algunas orquestaciones grandilocuentes, y, como siempre, piezas instrumentales de marcado poso melancólico. “Me gusta la música en la que hay un sentimiento profundo de melancolía. Siempre me atrajeron Joy Division y Roxy Music”. ¿Arte depresivo? “No. Deprimente es la música de Marilyn Manson, deprimente y dura. No es una crítica, me gustan sus discos. Pero la mía es más bien melancólica y cálida”.

Si por algo se caracteriza este descendiente directo de Herman Melville, autor de Moby Dick —de ahí su apodo—, es por haber trabajado todo tipo de registros musicales. El skate punk irreverente y deslenguado de sus inicios, con sólo 15 años, con los UBX. El high-speed-thrash, de The Vatican Comandos. El hip-hop por el que quedó fascinado en sus días de pincha del legendario Mars Club. Y ya en los noventa, el primer millón de discos que consiguió con el single Go (el que contenía un sampler de Twin Peaks), sus días de icono de la escena rave británica, y The end of everything, su trabajo bajo el apodo de Voodoo Child.

Cuando por fin se había hecho un hueco en el dance, llegó su quiebro más inaudito, la vuelta al punk rock con la edición de Animal rights, en 1996. Un fracaso estrepitoso, un giro que pocos comprendieron y que a punto estuvo de acabar con su carrera. “Me encantó ese disco. No esperaba que fuera tan mal, pero me encantó”.

Tan zigzagueante ha sido su trayectoria musical como su línea de pensamiento. En sus momentos de máximo apogeo intransigente, lo tenía claro: no a las drogas (eso sí, después de haberlas probado casi todas); sí a Dios; no al sistema, no a los coches, no a la carne; sí a Marx.

Pero la radicalidad de sus postulados iniciales parece haberse suavizado con los años y con los kilos (los derivados de las ventas de Play, se entiende; lo que es la línea, la conserva que es un primor: el vegetal es lo que tiene).

Tentaciones. ¿Y qué queda hoy de todas esas causas?
Moby. Sigo siendo vegetariano, pero si comes carne delante de mí no intentaré convencerte, es tu elección. Sigo amando a Dios, pero no voy a discutir por ello. Si me dijeras que eres Satanás te diría: qué interesante. Mis creencias cambian con el tiempo. Antes no tomaba nunca drogas. He tomado éxtasis unas cuantas veces y lo he disfrutado, es divertido. No quiero tomar más porque no creo que sea bueno para mi cerebro, pero es muy divertido.

T. ¿Queda algo del Moby antisistema?
M. No soy antisistema, sólo pienso que el sistema no debería tomarse a sí mismo tan en serio. Todo cambia y la única manera de sobrevivir es ser flexible. Antes con la música quería ser combativo, retar a la gente. Ahora sólo quiero hacer discos preciosos.

En la portada de su nuevo trabajo, 18, aparece como un astronauta sonriente en un planeta gris. “Siempre me siento un poco antropólogo, me encanta estar metido en asuntos y perderme en ellos pero siempre hay un muro entre la situación y yo. Debe de ser el resultado del entorno en el que crecí, de lo incómodo que me sentía”.

El pequeño Richard Melville Hall, que así es como se llama, se crió en un ambiente flower power setentero. Su padre, un profesor de química de la Universidad de Columbia, murió en un accidente de coche cuando Moby apenas tenía dos años. Fue tras una noche de borrachera, según cuenta Martin James en su biografía Moby, replay.

Su madre, viuda a los 23 años, le llevaba los fines de semana a comunas hippies que evidenciaban una notable relajación de costumbres: sexo, drogas, rock and roll, y esas cosas que tenían los melenudos de aquel entonces. Se proyectaban películas de Raquel Welch en paños menores y sonaban las canciones de la Creedence Clearwater Revival. “A mí no me gustaba aquello, lo rechazaba. Yo quería ser de una familia rica y conservadora, y no era así”, confiesa sin pudor. “Mi madre y sus amigos fumaban hachís y escuchaban música rara y eso me daba miedo. No tenía adónde ir, y el único sitio en el que encontraba refugio era en la música y en los libros”.

Moby es hoy un músico solitario al que le cuesta trabajar con otros. “Fui educado por una madre de mente abierta, y crecí muy solo”. Un hombre que arrastra una constante necesidad de llamar la atención. “Me gusta mucho ser exhibicionista. No sé de dónde viene, tal vez debería ir al psicólogo para conocerme mejor”. Ya de pequeño apuntaba maneras: le gustaba eso de correr en pelotas por los pasillos del colegio. Y como telonero de los Red Hot Chili Peppers, tampoco se resistió a enseñar sus impudicias sobre el escenario. “No quiero escandalizar a la gente para cambiarla, sólo para atraerla”.

De dominio público son sus facetas de mirón (visitas a clubes de strip-tease), ligón (proposiciones indecentes a chicas periodistas) y de amante capaz de resolver una urgencia en cualquier sitio. En cierta ocasión folló en plena calle, en una escalera de incendios, y al ver que nadie le miraba se puso a dar gritos para que alguien se fijase en su hazaña. Nadie lo hizo.

Así que, a pesar de haber aburguesado sus ideas, sigue siendo un agitador nato. Un tocapelotas. Despliega una intensa actividad diaria desde su web, moby.com, y le encanta meterse en todo tipo de fregados: provoca, opina de cualquier cosa, se mete con quien haga falta. “Yo intento ser yo mismo. Veo a tantos músicos que intentan ser lo que no son. Fred Durst, de Limp Bizkit, siempre tan duro. ¿Es que nunca le apetece relajarse? No tengo nada contra él, pero parece un personaje que él mismo se ha creado. ¿No le gustaría, alguna vez, ser tonto? ¿O estar triste? Yo soy yo y puedo ser estúpido y listo; puedo ser tonto o serio”.

La entrevista se acaba. Sesión de fotos. Moby está cansado. Todo el día atendiendo a los medios europeos. El fotógrafo le pide que retire las manos de la cara para una instantánea. “He hecho más de tres mil sesiones de fotos en mi vida como para que nadie me diga lo que tengo que hacer”.

SUS TENTACIONES
Comida. “La cocina etíope es la mejor del mundo. Mi mayor tentación es la comida. Si me dijeran que puedo comer todo lo que quiera sin engordar, sólo me dedicaría a las cocinas india, etíope y china. Nueva York tiene muy buena oferta para vegetarianos”.
Cine. Los Tenembaums, una familia de genios. “Es una película muy americana, no sé si fuera de Estados Unidos tendrá tanta gracia como para nosotros”.
Música. De lo más reciente, le gusta el de Goldfrapp, Felt mountain. Es un gran admirador de su vecino y amigo David Bowie.
‘Los Simpsons’. Es fan acérrimo. En su casa tiene un retrato de Homer Simpson dibujado a mano por Matt Groening.
RASTREADOR DE VOCES
El rescate de las viejas melodías del blues es clave en la música de Moby. En su nuevo disco, vuelve a samplear partes vocales de The Shining Light Gospel Choir. “Me gustan las buenas voces, me da igual de dónde vengan: de una grabación, de un músico de estudio, de Sinnead O’Connor, la mía propia. Para buscar samplers voy a tiendas de discos de segunda mano, a mercadillos. El 90% de lo que compro no lo uso”.
LA FICHA
Una anécdota: ha intentado varias veces leer Moby Dick, obra de su antepasado Herman Melville. Y nunca lo ha conseguido. “Es muy largo. A los escritores del XIX parecía que les pagaban por palabra publicada”.
Dos instrumentos: su madre le compró su primera batería cuando tenía cinco años. A los ocho, se pasó a la guitarra.
Un dato: de las 140 canciones que compuso para su nuevo disco pasaron la criba 18.
Te gustará si te gustan… St. Germain, El Café del Mar, el chill-out y el blues con bases electrónicas.
11-S
11 de septiembre de 2001, el día de su 36 cumpleaños. “No tenía nada planeado. A estas edades, ya no hace tanta ilusión celebrar. Estaba durmiendo y me cabreé pensando: quién me puede llamar a las 8.45. Todo el mundo sabe que duermo hasta las doce de la mañana. El teléfono siguió sonando y entendí que algo iba mal… Vivo a dos kilómetros del sitio donde estaba el World Trade Center, así que subí al tejado y lo vi desde allí, no me lo podía creer…”.
DATOS BÁSICOS
18 está editado en Everlasting.
www.moby.com
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