La venganza de los iletrados

JOSÉ MARÍA GUELBENZU

Todo debió empezar cuando el señor Reagan y la señora Thatcher urdieron un golpe de mano contra la educación pública en sus países respectivos. Hoy en España ya se producen señales. Una de ellas es el arrinconamiento de los estudios de orden humanístico, que está a cargo de los que deciden y sus funcionarios, los cuales han hallado en la complaciente complicidad de los iletrados la ocasión de oro. Pero yo no creo en las teorías conspirativas, así que debo adelantar que el frente para el arrasamiento de la literatura y otras humanidades carece de mando único y de logística; es, simplemente, la para ellos feliz colusión entre una situación de ventaja y una venganza.

¿Qué tiene la cultura humanística para que le hayan cogido esa manía? Nada: riqueza espiritual y acceso a un modo refinado de conocimiento. Además, la otra característica es que posee un notable valor pero carece de precio: no es posible comprarla, hay que adquirirla con esfuerzo y dedicación y su beneficio ni es inmediato ni es de orden material. Pero, sobre todo, no es tecnológica, lo cual produce mucho desdén. Me recuerda mi tiempo de adolescencia, cuando todos los padres obligaban a sus hijos a hacer el bachillerato de Ciencias porque el de Letras no tenía porvenir. O sea, que no es tan nuevo el desdén.

El lector habrá adivinado, tras el exordio inicial, que pertenezco, con modestia pero con firmeza, al mundo de la cultura. Pero debo añadir que soy uno de esos que, como el del chiste, ya no se extraña de nada: a mí me dicen que el próximo domingo debuta en la plaza de toros de Las Ventas el cardenal primado y lo único que pregunto es que con qué ganado. Así pues, cuando lo que siempre hemos llamado el mercado ha pasado a ser el Dios Mercado, es decir, un ente superior con vida propia, yo me he limitado a reconocerlo y a plantearme, eso sí, una sola pregunta: "¿Quién debe servir a quién, el ciudadano a Dios o el Dios al ciudadano?" (Y el sacerdote del Dios se dice, con razón: "Pero ¿este niño no sabe que esas cosas no se preguntan?").

Es lógico: si la función del beneficio arrasa, si el beneficio en sí es la luz que nos ilumina desde lo alto, si el beneficio es la principal razón de la existencia, ¿por qué demonios tenemos que perder el tiempo en el territorio de la Cultura sometiéndonos a la lectura de novelas o poemas o contemplando cuadros modernos o escuchando música del siglo XX como quien se enfrenta a la cresta de una montaña cuando podemos recrearnos en un valle tan lineal y asequible como la gente normal y corriente? Entonces, la irritación del hombre normalizado cuando descubre que la cultura no es asequible con dinero ni se alcanza por el mero hecho de mejorar el estrato social, se le sube a la cabeza y, como buen animal, cocea lo que no entiende. En cuanto interioriza el coceo, la conclusión es clara: si los cultos dicen que lo suyo es arte, acabemos de una vez e impongamos nuestro propio código. Y ahora sucede que el iletrado se está empezando a atrever a pensar lo que antes, amedrentado por el peso histórico de la Cultura, no se atrevía a formular: "¿Por qué tengo que aceptar como un valor superior lo que no entiendo?", piensa. Al deseo de sacudirse el yugo de la Cultura, los iletrados añaden la necesidad de ser ellos mismos los que la reemplacen en el cielo del aprecio universal. "¿Con que teníamos que aguantar que Mondrian es un artista y no un delineante de colores? ¿Con que había que ahogarse entre las oraciones subordinadas de la prosa de Faulkner en vez de darle una buena patada en el culo? Pues ahora mandamos nosotros; ahora, cultura es lo que nosotros decimos que es cultura. Y como somos inmensamente más, os fastidiáis los cultos". Éste sería un resumen de la venganza de los iletrados.

Los iletrados coinciden también en ser, en su mayoría, lo que Josep Ramoneda ha llamado ciudadanos Nif -es decir: ciudadanos con bolsa y sin alma-. Un apetitoso bocado para la voracidad y la codicia mercantiles. Y, la verdad, si ustedes fueran el Dios Mercado, ¿no verían un horizonte ilimitado de beneficios aprovechando y alimentando este deseo de venganza? Pues aquí empiezan a juntarse el desdén por la educación pública, el arrinconamiento de las humanidades, la revancha de los iletrados y la teoría del beneficio.

Según acabamos de comprobar, diez millones de españoles se han reunido recientemente frente al televisor para contemplar la salida del encierro televisivo más abierto del país de una pareja de sinsorgos sobrexcitados. Eso sí que es cultura de masas. Y no lo digo como reproche sino para mostrar cómo, perdida la vergüenza, la gente está dispuesta a elevarse al papel de icono. Éste es el gran cambio: ahora el héroe no es el que hace algo que le distingue de los demás sino el que hace algo que le iguala a los demás. Y advirtamos la perfidia del asunto, el Dios Mercado es democracia: lo forman todos los ciudadanos Nif del país convertidos en héroes de sí mismos. ¿No es un sueño?

No pretendo menospreciar a los iletrados más de lo que ellos menosprecian la cultura que desconocen; pero sí quiero advertir que al aumentar su poder adquisitivo al amparo de la cultura de masas, se han crecido y, por lo mismo, son aún más carne de cañón que antes para sus explotadores, entre los que no se encuentran, desde luego, los que aprecian las Humanidades. La literatura, por ejemplo, en cuanto tiene complejidad de lectura, obliga a saber y eso es un antídoto contra la mediocridad realmente formidable. Entonces, la minimización de las Humanidades en los planes de estudio tiene sentido, pues son una línea de defensa del pensamiento plural y crítico que ni le conviene a la religión de un Dios Mercado ni lo atiende el Estado que sirve a esa religión. El iletrado, que se ve reflejado en ese Dios, acaba por creer que él es una representación del Dios; por eso encuentra natural convertirse en héroe de nuestro tiempo. Aplica al mundo la tabla igualatoria de opiniones y actitudes que nació en aquella famosa frase: "I'm good, You're good", sublimación perversamente democrática de la ignorancia. ¿Conseguirán el capitalismo salvaje y la economía global lo que no consiguieron las más renombradas dictaduras totalitarias: acabar de una vez por todas con la Cultura? El gran fracaso de la sociedad occidental ha sido no saber integrar la Cultura en la sociedad de masas.

Pero no desesperemos. Así como el Bien necesita del Mal para ser, pues sin él no existiría, así la Ignorancia necesita del Conocimiento y la Mediocridad de la Excelencia. ¿Cómo podríamos reconocer el Bien si no existiera el Mal? Una sociedad lo soporta todo excepto el horror vacui.

José María Guelbenzu es escritor.