El País, Miércoles 15 julio 1998 - Nº 803
Pandora y la esperanza

JOSÉ LUIS PINILLOS

Hace unas semanas, dos países asiáticos que desgraciadamente no se llevan bien, India y Pakistán, organizaron un alucinante torneo nuclear, no sé si para enseñarse los dientes y medir sus fuerzas o para qué. E1 caso fue, de todos modos, que entre tirios y troyanos hicieron explotar como una media docena de bombas atómicas, de una potencia parecida a las dos que utilizó el presidente Truman para abrasar Hiroshima y Nagasaki, con sus habitantes dentro.

En esta ocasión no hubo masacre, ni se abrasaron ciudades. Pero el presidente Clinton propuso la aplicación de unas sanciones, acaso para evitar un nuevo experimento y que los mismos que la han organizado ahora, o los que en el futuro se animen a seguir su ejemplo, no se conformen ya con celebrar unas justas incruentas y usen las bombas para ajustarse las cuentas. Esperemos que no, pero el primer paso ya está dado. Con este incidente, cuyo valor simbólico es mayor de lo que parece, la apocalíptica espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas nos ha dado un nuevo toque de atención. E1 aldabonazo todavía no ha sonado en la escalera, pero ha retumbado bien.

Por supuesto, los medios, la prensa, la radio y la televisión se hicieron eco del asunto, aunque yo diría que con moderación. Hubo, sí, comentarios, entrevistas y algún que otro artículo -recuerdo uno de Vargas Llosa que me pareció en su punto-, pero enseguida el Mundial de fútbol, los careos de los GAL y otras noticias taparon el incidente, de modo que la cuestión decayó antes de tiempo. Pienso que el asunto provocó una irritación y una inquietud mayores de lo que se dejó traslucir, porque para el emperador de Occidente no debe de ser fácil admitir que unos países de color, recién llegados como quien dice a la modernidad, se hayan atrevido a romper la baraja del equilibrio atómico, jugando a mojarle la oreja al vecino a base de explosiones nucleares. Es verdad que Francia también se pasó de la raya no hace mucho; pero no es lo mismo. Los franceses son demasiado racionales para dejar que estas cosas se les vayan de las manos. El verdadero peligro llegará si los fundamentalismos disponen algún día de armamento nuclear.

A mí toda esta historia me suena a que el experimento indo-paquistaní ha pillado por sorpresa a unas gentes convencidas de que sólo las sociedades avanzadas podrán llevar a buen puerto el proyecto de la modernidad. Ciertamente, la idea de proyecto y el desarrollo de la Edad Moderna han sido básicamente occidentales. Pero eso no quiere decir que vayan a serlo siempre. Hubo un momento en que yo también lo pensé así; pero el camino que ha tomado el progreso en este siglo me ha hecho cambiar de opinión.

Es cierto que el mundo antiguo nunca alcanzó los niveles de poder, eficacia y precisión que posee la sociedad técnica. A diferencia de lo que ocurre hoy, cuando el proyecto es el modo racional que tiene el hombre de ordenar sus actos, la humanidad antigua era temerosa de los dioses y contaba siempre con su eventual intervención en la vida de los mortales. Los dioses paganos jamás vieron con buenos ojos la curiosidad humana, y menos aún su autonomía. El destino era la forma en que los dioses recordaban a los hombres la fragilidad de su condición mortal, o sea, el destino era la forma de poner a la humanidad en su sitio.

El destino se concebía como una fuerza a la vez sutil e irresistible, que dominaba el curso de las cosas, el de la vida humana y hasta los actos de los propios dioses. El destino estaba encargado de abrir camino a las acciones de los hombres -fata viam invenit, escribió Virgilio- sin que se percataran de ello, para que al final, hicieran lo que hicieran, se cumpliese "lo dicho", el fatum. El hado jamás se dejaba ver mientras estaba de servicio; sólo mostraba su enigmática faz una vez cumplida su misión: nada ni nadie podía escapar, pues, a su poder. Esquilo, el primero de los grandes poetas trágicos de Grecia, creía que ni aun permaneciendo sentado junto al fuego del hogar podría el hombre escapar a la sentencia de su destino. En Prometeo encadenado el protagonista se atreve a engañar a Zeus para traer a la Tierra las semillas del fuego, pero ello le cuesta, ya se sabe, que un águila le devore eternamente las entrañas. Sólo que Zeus idea luego una trampa para castigar de una vez por todas la impertinencia de los humanos que quieran parecérsele. Zeus ordena que Pandora baje a la Tierra con una caja que no debe abrir bajo ningún concepto, pero la curiosidad puede más, y cuando la enviada abre la caja, los males que había dentro, que eran todos, se esparcen para siempre por el haz de la Tierra.

No muy diferente es la versión de la expulsión del paraíso, y lo mismo cabría decir de muchos mitos. En todos ellos, el Ser no tolera que los seres se le igualen demasiado. Habrían de transcurrir muchos siglos antes de que el racionalismo moderno intentase desalojar del hombre -aunque nunca, ni siquiera ahora, lo haya logrado del todo- la creencia en el destino. Fue ya en los albores de la modernidad, cuando Shakespeare puso en boca de Casio aquellas memorables palabras que susurra al vacilante Bruto: "Hay momentos en que el hombre es realmente dueño de su destino, pero el fracaso no debe buscarlo en las estrellas, sino en el apocamiento de su ánimo".

En suma, el hombre del Renacimiento se salió del tapiz teológico en que la humanidad había estado prendida durante tantos siglos. Los grandes humanistas -Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Leonardo- decidieron por fin que el hombre podía llegar a ser lo que quisiera. Para convertir su ilusión en un proyecto les faltaba un saber más efectivo que la magia, y eso significó la nueva ciencia que la Ilustración convertiría en el instrumento preferido de la razón moderna. Así fue cómo la creencia en el destino fue dejando paso a la idea de progreso. La operación la instrumentó una ciencia apta para explicar, prever y modificar los fenómenos de la naturaleza y, en principio, hasta para controlar la sociedad y sus costumbres.

No sé. Vistas así las cosas, uno se siente tentado de creer que la historia del hombre ha concluido. No estoy tan seguro. Cuando todos los males se escaparon de la Caja de Pandora, en el fondo del cofre quedó olvidada la esperanza. Podemos tal vez recuperarla. Al entrar en el Infierno, contaba Dante, se les decía a los condenados que abandonasen la esperanza. Diabólica mentira. La esperanza no se pierde por entrar en el infierno. Se entra en el infierno por haber perdido la esperanza.

José Luis Pinillos es catedrático emérito de Psicología de la Universidad Complutense y académico.