El País, Jueves 25 marzo 1999 - Nº 1056
La era deprimida

VICENTE VERDÚ

Cada época tiene su emoción distintiva y nuestra emoción dominante es la depresión. En la actualidad hay hasta diez veces más personas deprimidas que hace dos generaciones y el índice sigue aumentando cada día. Las personas sufren hoy depresión diez años antes que sus padres y, en algunos casos, se presenta en la primera adolescencia e incluso en la infancia.

Según las conclusiones del I Encuentro Científico de Expertos de Psiquiatría celebrado hace poco en Montecarlo, la depresión se convertirá en las dos próximas décadas en el segundo problema de salud mundial, tras las alteraciones cardiovasculares. Unos 340 millones de personas de todo el mundo padecen depresión, y en España la soporta hasta una quinta parte de los habitantes. Un tercio de los afectados, sin embargo, no acuden nunca al especialista y sólo una décima parte reciben tratamiento adecuado durante el tiempo necesario. La depresión se hace ahora tan común que la mirada alrededor lleva a creer popularmente que la dolencia no puede ser tan grave. Pero lo es. A escala individual rebaja la calidad y el aprecio por el trabajo o el sexo, reduce la felicidad propia y de los otros, apaga las ilusiones, el amor a sí mismo, el gusto por vivir. A escala social genera la atmósfera cada vez más conocida y tupida de decepción o desengaño con el que se va empapelando la vida cotidiana.

En tiempos de Freud, la plaga psicológica era la ansiedad y así continuó a lo largo de la primera mitad del siglo. La drástica transformación de valores con la caída de los Habsburgo, la I Guerra Mundial y sus consecuencias, el vértigo de un futuro impredecible y temido gestaron un ambiente donde la ansiedad fue el tema recurrente en las obras literarias, las películas y las pinturas. La ansiedad no ha desaparecido de la escena pero sobre ella impera una emoción depresiva que sobreviene como consecuencia de las sensaciones de impotencia, el sufrimiento del fracaso individual o los frustrados intentos por lograr poder, dice el psicólogo Martin Seligman.

La mitología de la igualdad de oportunidades más la cultura de la satisfacción inmediata han hecho creer en la capacidad de todo el mundo para alcanzar cualquier cosa y de forma rápida. Una cultura de la droga, más allá del consumo de estupefacientes, induce a esperar recompensas seguras e inmediatas, satisfacciones sin espera, y si éstas no llegan pronto el abatimiento ocupa su lugar.

De otro lado, la competitividad en aumento, el creciente número de hogares con un sola persona, la desconfianza hacia el otro y la incomunicación aumentan la sensación de desamparo. Las ilusiones deben cumplirse pronto, apenas sin disciplina, pero además no se cuenta con el suficiente auxilio interpersonal para recuperarse, canjear confidencias, agruparse solidariamente.

La vida se afronta, con frecuencia, a solas y en la creencia de que el éxito, económico, profesional o social, constituye la meta superlativa del proyecto. Fuera del éxito sobrevienen las penumbras, el extravío y la degeneración de la autoestima. Incluso la edad de más, como los kilos de más, se asocia con alguna idea de fracaso. Hoy, dos generaciones después de los queridos abuelos de posguerra, la Tercera Edad se ha convertido en un enorme depósito de macilentos escombros desde los que se recibe una humareda triste.

No es extraño que la industria del entretenimiento, en Estados Unidos o en el resto de Occidente, se esté convirtiendo en una partida primordial en el conjunto de la economía. Permaneciendo la sociedad inalterada y sin remedio, desigual y resignada, inmóviles los valores sobre el éxito y el fracaso, el remedio se concreta en un surtido farmacológico que va desde el Prozac a la película de evasión, desde los estimulantes de farmacia o papelina a las descargas del deporte o la violencia en la pantalla, la calle o el hogar. La población enferma se contagia y destruye tristemente mientras el siglo concluye bajo el sombrío estandarte de la depresión.