El País, Domingo 17 octubre 1999 - Nº 1262

El silencio de los corderos

FERNANDO DELGADO

Advertí un día la necesidad de que se incluyera en una programación de radio, de la que a la sazón era responsable, una cosa tan sencilla como una hora diaria de distendida conversación en la tarde sobre vida cotidiana. El proyecto necesitaba de una conversadora capaz de infundir confianza a los entrevistados y de unos entrevistados capaces de abrirse a un diálogo sin prejuicios. Creo que acerté al encargar la tarea de seducir al interlocutor y charlar en tono sosegado con él a la escritora Ángeles Caso. Y no me cabe duda de que si allí se habló de pasiones, desencantos, debilidades, sacrificios y de otras intimidades ajenas al cotilleo fue porque decidimos que sólo hablaran mujeres. No hace falta ser un lince para reconocer en ellas no sólo especiales habilidades para contar la vida, sino para contarla sin tapujos, para hacerlo con delicadeza y con valentía. Allí hablaron de ese modo lo mismo Ana María Matute, en aquel tiempo retirada, que Mari Santpere o Imperio Argentina; Nuria Espert o Carmen Martín Gaite, igual que Pilar Primo de Rivera, sacada por una hora de su ostracismo voluntario y semanas antes de su muerte. Luego se hizo el experimento con hombres y se confirmó lo que me temía: un lenguaje convencional, retórico, huidizo, impidió que la vida pasara por la radio, pasó la cáscara de la vida. Hace unas semanas, con motivo del estreno de la última película de Aranda, Celos, llevé este asunto al programa que dirijo en la SER, y después de unas entrevistas de introducción se reclamó la participación de los oyentes para que expresaran sus puntos de vistas y sus experiencias de celosos o celosas. Hablaron ellas con sólo una excepción masculina. En estos días pasados, he vuelto a confirmar ese ancestral pudor del macho a la hora de expresar sus sentimientos íntimos. Rosa Montero ha publicado un hermoso libro, Pasiones (El País-Aguilar), y de las pasiones hablamos. Luego lo hicieron las oyentes del modo más variopinto, pero sólo un hombre habló para reclamar de los otros la satisfacción de abrirse, de contarse. En el camino hacia la igualdad, las mujeres nos llevan la ventaja de su pericia para abordar la realidad: saben desnudarse por dentro y la costumbre de hacerlo contrasta con el maquillaje que el hombre, tímido o arrogante, impone a su retrato.